Viernes, 16 Mayo 2014 17:16

La muerte visita al dentista, de Agatha Christie

 

Por José A. Mellado

Agatha Mary Clarissa Miller (1890-1976), más conocida como Agatha Christie, consagró el reinado del género detectivesco durante buena parte del siglo XX gracias a sus inmortales Hércules Poirot y Miss Marple. Cuando en 1920 escribe su primera novela, ya se nos presenta a un distinguido belga con una intuición innata y un don para estar en el lugar indicado, que normalmente suele ser el escenario del crimen. Poirot se hizo imprescindible en muchas de sus novelas más exitosas pero llegó un momento en que incluso el personaje le resultó "insufrible". Poirot "trabajó" como detective accidental hasta 1975, la última novela en la que apareció, pero si no supiera este dato no me sorprendería ver en La muerte visita al dentista (1940) un Poirot crepuscular que recibe críticas por doquier, como si su creadora se vengara de la esclavitud a la que le somete su personaje. Poirot se comporta como un "detective burgués y reaccionario", "superior en muchos aspectos a los demás mortales".

El egocentrismo de Poirot le lleva a plantearse con suma tranquilidad la resolución de un caso del que el propio investigador acaba reconociendo que le desconcierta. Agatha Christie, que siempre manifiesta un humor muy british, nos pone ante la tesitura de "alegrarnos" de la muerte de un dentista, como si se tratara de una dulce venganza de todos aquellos que acobardados vamos al dentista esperando noticias malas o deseando sufrir solo lo justo. Hasta Poirot tiene que reconocer que el dentista le acongoja. Casualidades de la vida, o no, el día que se arma de valor para visitar al médico, éste aparece asesinado. Como en muchas de las novelas de Agatha Christie, el caso es el típico de "habitación cerrada", es decir, el asesino solo puede estar entre los que estuvieron en la consulta ese día (véase otros ejemplos de "espacio cerrado" como la magistral Asesinato en el Orient Express). Seguidamente toca la ronda de entrevistas con los sospechosos, de los que Poirot extrae sus datos: horas, vestimenta, estado de ánimo, etc. Todo interesa a Poirot, aunque a nosotros como lectores no nos parezca interesante (normalmente Christie juega también con nosotros y nos pone delante detalles importantes camuflados entre datos insignificantes para que nos devanemos los sesos). Normalmente, la autora suele jugar al despiste, presentándonos con luces de neón al principal sospechoso cuyos indicios son bien claros. Sin embargo, Poirot siempre duda, siempre cuestiona, siempre se plantea el siguiente axioma: si los indicios no encajan en una teoría perfecta, la teoría es falsa.

Así, poco a poco, se nos conduce de la mano hacia el desenlace, como casi siempre, desconcertante y sorprendente para el lector, aunque no para Poirot. Está claro que el refinado detective belga no ha perdido facultades pero falta algo de frescura en la metodología, y por si fuera poco la trama es más mundana (aunque se mencione el espionaje y se hable del peligro de fascismo y comunismo), no se produce en un tren recorriendo los Balcanes, o en un barco navegando por el Nilo, o visitando las ruinas de Petra, esa época dorada que Poirot y nosotros anhelamos porque al fin y al cabo Agatha Christie nos ponía en ese tren y en ese barco para compartir la aventura de los grandes viajes.

En suma, estamos ante una novela que no puedo considerar de las fundamentales de la autora, pero sirve para pasar un buen rato.

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