Miércoles, 21 Mayo 2014 08:57

La primera hellinera conocida

 

-Por Lorenzo Abad Casal. 

Mi nombre es Helena y soy griega. Bueno, en realidad griego era uno de mis antepasados. Un buen día, según contaba mi familia, hubo una guerra, los griegos siempre habíamos estado peleándonos entre nosotros. Pero esa vez fue peor, el otro bando se alió con unos tipos que venían de fuera, romanos los llamaban. Ganaron, y arramplaron con todo lo que encontraron: oro, plata, cacharros, estatuas, animales… y también personas. Sí, sí personas. A mi abuelo y a otros muchos los hicieron esclavos, les pusieron cadenas y después de unos cuantos días andando los subieron a un barco. Muchos murieron en el camino. Desembarcaron en una tierra extraña, donde nadie hablaba griego.

Otra vez las cadenas y otra vez a andar, cayeron muchos más. Mi abuelo era fuerte y sobrevivió. Acabaron en Roma, una ciudad muy grande, sucia y maloliente, llena de gente que tenía prisa y era muy mal encarada. Lo vendieron como esclavo. Pasó a servir en una casa, pero por suerte mi abuelo era culto y en vez de mandarlo a trabajar al campo lo dejaron para que enseñara griego a los niños. Parece que hablar griego estaba bien visto y los niños de aquella casa tenían que hacer carrera. Mi abuelo les enseñó también gramática y retórica y algo de ciencia y de filosofía. Poco a poco se fue integrando en aquella familia, le permitieron tener una compañera y tener hijos, que se criaron con los niños de la casa. Mi abuelo siempre dijo que dentro de la desgracia agradecía a Atenea, la diosa de la lechuza y del olivo, el haber podido llevar una vida digna.

Un buen día el señor de la casa, que era ya muy mayor, se puso enfermo, llamó a mi abuelo y le dijo que quería hacerle un regalo. Iba  a concederle la libertad. A condición de que siguiera de pedagogo en la familia y completara la formación de sus hijos, unos mocetones que empezaban a servir en el ejército y a mandar en la ciudad. Aquellos hombres habían trabado una buena relación, aunque uno fuera el amo y otro el esclavo. Así fue, mi abuelo pasó a ser lo que llamaban un liberto, un ciudadano romano de segunda categoría. Tomó el nombre de su padre adoptivo, el que lo había hecho romano, y añadió el apellido –cognomen, lo llaman ellos—Graecus. Graecus, que quiere decir griego.necrópolis norte2

Por eso yo soy Graeca, Helena Graeca. Soy descendiente de aquel hombre. Les ahorraré el resto de mi historia. Los detalles se borran de mi mente. De lo que mejor me acuerdo es de esa historia que les he contado. Bueno, y también de lo que sucedió en los últimos años de mi vida.

Me casé con un romano, yo ya era romana. Un romano de lo que podríamos decir hoy –he vivido mucho, y aunque esté muerta sigo atenta a lo que sucede en mi entorno— de clase media. Procedía de Hispania, de un lugar que llamaban Cástulo. Decía que era una región rica, con muchas minas, y que allí nacía un gran río que se llamaba Baetis. Decidió volver y buscar fortuna en ese lugar lejano que era Hispania. En el extremo opuesto de la Grecia de mis antepasados.

Mi marido vino a Hispania, trabajó, comerció, viajó, seguramente tuvo novias y aventuras con hispanas, pero cuando decidió establecerse definitivamente me mandó llamar. Y vine. No era Cástulo, sino este lugar, a medio camino entre la costa y su ciudad. Un lugar donde había olivos, pero sobre todo esparto, muchísimo esparto. Campus Spartarius lo llamaban. Y en el esparto trabajaba mi marido. Aquí teníamos un negocio. No nos iba mal, mejor dicho, nos iba bastante bien. Desgraciadamente mi marido vivió poco. Murió en un viaje, iba en un barco a vender el esparto, naufragó y desapareció. No pudimos enterrarlo, pero le hicimos un buen funeral. Construimos un cenotafio, un monumento funerario de sillería, con escalones. Celebramos todos los rituales, invocamos tres veces a su espíritu y sentimos cómo tomaba posesión de su tumba. Me quedé más tranquila.

Yo seguí aquí, regentando el negocio, con mis hijos. Una mujer sola, al frente de la tienda, tratando con los negociantes que iban y venían y trataban de engañarla. Menos mal que era una mujer fuerte, o al menos eso decían. En mi juventud, allá en Roma, había estudiado, acompañaba a mi padre en las lecciones a los hijos de los nobles, aprendí filosofía, y retórica, y música. Todo ello me sirvió de mucho en este apartado rincón del mundo. Nunca abandoné el cultivo de la mente. Sabía que ese afán no sólo desarrollaba el espíritu, sino que lo preparaba para el viaje al más allá.necrópolis norte5003

Y un buen día me tocó hacer el viaje. Apenas me di cuenta, pero de pronto me encontré en otro mundo, un mundo de lunas y estrellas, de círculos celestes, mi espíritu emprendió el viaje hacia el Hades. Mercurio me guiaba. Parecía un sueño. Porque tampoco me alejaba de los lugares donde había vivido, rondaba el cenotafio de mi marido. Vi cómo mi cuerpo era sacado en procesión de mi casa, cómo era colocado en una pira e incinerado, cómo mis cenizas se recogían en un paño y se enterraban junto al cenotafio de mi marido, cómo se construía otro monumento, cómo se celebraban libaciones, se quemaban perfumes, se hacían ofrendas de comida y bebida para los dos. Y por fin, cómo se colocaba una piedra rectangular, redondeada por arriba, con mi nombre, Helena Graeca, y otras palabras que ahora no recuerdo, pero que decían quién había sido y me deseaban buen viaje.

Desde entonces ha transcurrido mucho tiempo… O no… No lo sé, el tiempo cuando se está muerto resulta  muy distinto de cuando se está vivo. He encontrado a mi marido, pero nuestra vida, si es que es vida, ha sido distinta. El era un hombre práctico, leía poco, pensaba sólo en los negocios… Ahora lo ha pagado. Al principio, cuando nuestros hijos, nuestros parientes, acudían a la tumba y hacían sus ofrendas, podíamos mantenernos juntos. Pero pasó el tiempo, las visitas se espaciaron, luego ya dejaron de ir. El monumento comenzó a arruinarse, nadie se fijaba en él. Un buen día, unos tipos vinieron con palanquetas y arrancaron los sillares, se los llevaron a un pueblo cercano. El viento y el agua cubrieron lo que quedó con la tierra que bajaba de la montaña.  Pobre marido mío, su espíritu se ha diluido, ha sido absorbido por ese magma de almas sedientas que pululan por el Hades, no sabe quién es, y yo tampoco lo reconozco.

Yo he tenido más suerte, o al menos eso dicen. Mi gusto por la lectura, por la música, por la filosofía, ha preparado mi espíritu, es como si lo hubiera curtido, y ahora sigo siendo yo misma, me reconozco. No sé muy bien cómo, pero me identifico con lo queda de mi monumento, sé que estoy allí.

La verdad es que he tenido suerte, no hace mucho tiempo llegaron otros tipos también con herramientas, comenzaron a hurgar en los alrededores de mi tumba. Mis cenizas hacía muchos años que se habían diluido en la tierra. Removieron el suelo con mucho cuidado, lo miraron todo, limpiaron bien las piedras,  vi cómo se alegraron cuando encontraron mi estela. ¡Yo misma la había olvidado! Allí estaba, con las letras casi borradas por el paso del tiempo, con las pinturas que la adornaban perdidas. ¡Pero allí estaba! Pude volver a leerla: Helena Graeca. ¡Era yo!inscripcion helena graeca

De repente sentí cómo mi espíritu se llenaba nuevamente de fuerza. ¡Era verdad lo que mis preceptores me habían dicho! ¡Que cuanto más se acordaran de mí en la tierra, más fuerte me haría! Pero sobre todo que el cultivo de las ciencias y de las artes me daría esas fuerzas. Que permitiría que mi espíritu se mantuviera en el más allá, sin perderse en la inmensidad del Hades. ¡Y así ha sido! Me he mantenido a lo largo de todo este tiempo y ahora, de repente, he recobrado la energía, las fuerzas, me he sentido plenamente a mí misma.

Estoy muy contenta, mi monumento está al descubierto, mi estela está expuesta en un sitio en el que mucha gente puede verla, lo llaman museo. Todos los que la ven se acuerdan de mí, se preguntan: Helena Graeca… ¿quién sería esta mujer? Y soy yo, estoy allí, aunque no puedan verme. Algunos muertos gustan de incordiar a los vivos, pero yo no, estoy contenta donde y como estoy.

No sé cuánto durará esto. He visto muchos cambios. Seguramente llegará un día en que mi monumento y mi estela vuelvan a desaparecer, en que ya nadie se acuerde de mí y yo vuelva a estar triste y a sentirme sola. Me consuela pensar que podré seguir estando con las otras almas que compartieron en vida mi interés por la filosofía, por la música, por la lectura… Ese bagaje, decían mis preceptores, será el único que te acompañará allá donde vayas, no te ocupará lugar ni te pesará, es un equipaje liviano, pero inmenso. Y así ha sido.

Gracias, qué suerte tuve de haber podido formarme en la doctrina de Pitágoras…

 

El epígrafe de Helena Graeca se encontró caído al lado de uno de los monumentos funerarios de la necrópolis norte del Tolmo. Es la inscripción más antigua de las conservadas, puede datarse en el siglo II a.n.e. El nombre de la difunta denota un origen servil de procedencia griega. La forma de la estela, redondeada en su parte superior, recuerda monumentos similares del oeste de la provincia de Albacete y de la alta Andalucía. Se conserva en el Museo de Albacete.

 

Lorenzo Abad Casal es Doctor por la Universidad de Sevilla (1976). Profesor ayudante de Arqueología y encargado de curso en las Universidades de Sevilla, Cádiz y Complutense, adjunto en la de Córdoba, agregado en la de Valencia y catedrático en la de Alicante, a la que se incorporó en 1979 y en la que sigue ejerciendo en la actualidad. Ha investigado y ampliado estudios en la Universidad de Munich y en las sedes del Instituto Arqueológico Alemán en Berlín, Roma y Frankfurt, en esta última en calidad de becario de la Fundación Alexander von Humboldt. Especializado en arqueología protohistórica y clásica, y en concreto en las culturas ibérica y romana. Ha dirigido excavaciones arqueológicas en la ciudad romana de Italica (Santiponce, Sevilla), en los poblados ibéricos de El Oral y La Escuera (San Fulgencio, Alicante) y en el santuario de El Castillo de Guardamar (Guardamar, Alicante). También en la ciudad de Ilici (La Alcudia de Elche, Alicante) y El Tolmo de Minateda (Hellín, Albacete). Es miembro de número del Instituto de Estudios Albacetenses y correspondiente del Instituto Arqueológico Alemán y de la Real Academia de la Historia.

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