Miércoles, 28 Mayo 2014 08:46

El gran día

-Por Lorenzo Abad Casal.

Era un día de otoño.

Hacía 745 años que se había fundado la ciudad de Roma. Ese año sería conocido en lo sucesivo como aquel  en que fueron cónsules Nerón Claudio Druso y Tito Quinctio Crispino, pues eran precisamente  los dos cónsules de Roma los que daban nombre al año. Podía ser también el año DCCXXXXV desde la fundación de la ciudad, si se tomara este acontecimiento como base del cómputo. En cualquier caso es una fecha arbitraria, porque nadie sabe en realidad cuándo se fundó Roma. Pero es una fecha que a nosotros nos viene muy bien, porque toda nuestra cronología se refiere en último lugar a ese momento.

Nerón Claudio Druso no era un cualquiera. Era hijo de Livia, la mujer del emperador Augusto, el hijo adoptivo y sucesor de Julio César, que acababa de ser divinizado. Augusto había completado la obra de su padre. Poco a poco había ido cambiando las instituciones para adaptarlas a su proyecto y había convertido la antigua Res Publica romana en un gobierno unipersonal, el suyo. Y todo ello sin aparentarlo, haciendo ver que era pura condescendencia con lo que pedía su pueblo, que él lo aceptaba a regañadientes, pues contravenía su natural modestia…caesar

Ese día de otoño del año en que fueron cónsules Nerón Claudio Druso y Tito Quinctio Crispino, un puñado de personalidades se había dado cita en un pueblo de la Tarraconense. Desde Carthago Nova, la capital del convento jurídico (otros dicen que desde Tarraco, la capital de la provincia) había venido el legado provincial, el gobernador, un prohombre llamado Lucio Domicio Ahenobarbo, casado con la sobrina del emperador Augusto. Lucio Domicio Ahenobarbo se había ganado en Roma fama de crápula y pendenciero. Pero su pertenencia a la familia imperial le había salvado de cualquier problema. En parte para alejarlo de Roma, y en parte porque era lo que correspondía a un miembro de su familia, había iniciado una carrera política que lo había llevado a ser gobernador de varias provincias.obarbus

El pueblo al que había llegado Lucio Domicio Ahenobarbo ese día de otoño de ese año en que fueron cónsules Nerón Claudio Druso y Tito Quinctio Crispino era Ilunum. Allí se había dado cita con otros prohombres de la provincia y del entorno y con los miembros de la aristocracia local. Todos juntos, y tras llevar a cabo los rituales prescritos por la tradición, que incluían discursos y sacrificios, se disponían a inaugurar una obra. Un gran muro que cerraba de un lado a otro la única vaguada por la que podía accederse al interior de la ciudad. Esa construcción se había realizado para conmemorar lo que realmente era importante: que Ilunum había ascendido en la escala de las ciudades romanas, pues el emperador la había distinguido con la concesión del estatuto jurídico municipal. Ahora era un municipium, una ciudad privilegiada. Sus ciudadanos pagaban menos impuestos y tenían más derechos que los de las ciudades que no habían recibido esa distinción. Una estupenda noticia.ara pacis

Era un muro largo, alto y fuerte. Sobre la puerta de entrada figuraba una inscripción en letras grandes talladas en la piedra, de color rojo,  que resaltaban nítidamente sobre el fondo. En ella se leía que el Emperador César Augusto, once veces cónsul y saludado en trece ocasiones como general victorioso, que en ese año ejercía su décimoquinta tribunicia potestad, había concedido un muro con una puerta monumental a los ilunitanos en premio a su probada fidelidad. Añadía que se ocupó de hacerlo su legado Lucio Domicio Ahenobarbo  y que todo ello se llevó a cabo el año en que fueron cónsules Nerón Claudio Druso y Tito Quinctio Crispino. El año que también indicaba su décimoquinta tribunicia potestad. O lo que es lo mismo, el año 9 antes de nuestra era.

El legado, su séquito y los demás prohombres subían a pie por el camino, en el que se apreciaban las rodaduras producidas por el intenso tráfico comercial, y comentaban admirados la magnificencia del muro y el poder del emperador. Mientras, dos personas de la élite municipal, G. Grattio Grattiano y M. Fulvio Oveto, comentaban entre sí lo que había supuesto la obra. Varios miles de sestercios habían salido de sus arcas personales. Pero aunque era mucho dinero estaban contentos. La concesión del estatuto municipal y la construcción del muro metía de lleno a Ilunum entre las ciudades importantes.inscripcion ok pequeña

Cualquiera que transitara por el camino que desde Complutum conducía a Carthago Nova y que pasaba al pie del Tolmo, o cualquiera que subiera hacia la ciudad, quedaría deslumbrado por el esplendor de la obra que se inauguraba. Ese  muro con esa puerta marcaba el límite del pomerium, el recinto a partir del cual la ciudad se convertía en sagrada e inviolable. Y  era además de una obra magnífica. Estaba hecha con sillares bien escuadrados, la parte baja almohadillada y la de arriba lisa, con una puerta construida a la manera de los arcos de triunfo, y sobre ella la inscripción con el nombre del emperador. El propio Augusto se había dignado favorecer a los ilunitanos.

Pero la obra tenía truco. Grattiano y Oveto lo sabían. En realidad era sólo una fachada, una fachada estupenda y monumental, eso sí, que ocultaba una estructura mucho menos vistosa y mucho más antigua, de mampostería en la parte inferior y adobe en la superior, que venía desempeñando esa función desde hacía cientos de años. Era una obra fuerte, sólida y duradera, que se había ido renovando con el tiempo, pero que no estaba a la altura de las nuevas construcciones que se veían en la cercana Carthago Nova o en otras ciudades romanas del entorno. Este nuevo muro la ocultaba a la vista de los que subían por el camino y con relativamente poco gasto, Ilunum se había puesto a la altura de sus vecinos. Grattiano y Oveto comentaban entre sí ¿Te imaginas lo que habría costado si hubiéramos tenido que hacer realmente una muralla maciza…? Qué suerte que nuestros antepasados hicieran ese inmenso baluarte….

Y su contento no era para menos. Grattiano y Oveto eran los que habían pagado la obra, por mucho que la inscripción monumental indicase otra cosa, y de esa forma se habían ahorrado un buen puñado de denarios. No se quejaban. El puesto de duovir que ellos desempeñaban en ese momento tenía grandes ventajas: reconocimiento social y oportunidades de negocio. Grattiano y Oveto sabían que su inversión no iba a ser en vano. La cobrarían con creces. Además, habían colocado en un lugar discreto un epígrafe mucho más pequeño que el que campeaba sobre la puerta de entrada: un sillar en el que se decía que eran ellos, G. Grattius Grattianus y Q. Fulvius Ovetus, duoviri de la ciudad, los que se habían encargado de hacer la obra. A buen entendedor, pocas palabras bastan. Y en el mundo romano ni siquiera hacían falta palabras. Una simple abreviatura lo decía todo. H.O.F.C. (hoc opus faciendum curaverunt). Se encargaron de hacer esta obra.duuvir2 

Los fastos fueron bien, las autoridades efectuaron una rápida visita a la ciudad, contemplaron desde arriba su magnífico paisaje, las villas que comenzaban a surgir, y Lucio Domicio Ahenobarbo se sintió satisfecho. Repartir felicidad en nombre del emperador, sobre todo cuando eso no suponía costo alguno para el erario público, le hacía sentir un buen gobernador.

Pronto él y su séquito tomaron el camino hacia el sur, de vuelta a Carthago Nova. A los lados del camino, las tumbas de los ilunitanos que jalonaban la vía lo despidieron.

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Las dos inscripciones que han dado pie a este relato se encontraron reaprovechadas en el baluarte visigodo del Reguerón. Los sillares de la inscripción monumental se habían utilizado como parte del muro exterior y se encontraban en el derrumbe, caídos en la vaguada o sobre el camino de acceso. Uno de ellos se encontró poco después formando parte del muro de contención de una presa moderna construida al norte del Tolmo. La inscripción con la mención de los duoviros estaba reaprovechada como un sillar en la torre norte de la puerta visigoda. En ningún caso las letras estaban visibles.

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Lorenzo Abad Casal es Doctor por la Universidad de Sevilla (1976). Profesor ayudante de Arqueología y encargado de curso en las Universidades de Sevilla, Cádiz y Complutense, adjunto en la de Córdoba, agregado en la de Valencia y catedrático en la de Alicante, a la que se incorporó en 1979 y en la que sigue ejerciendo en la actualidad. Ha investigado y ampliado estudios en la Universidad de Munich y en las sedes del Instituto Arqueológico Alemán en Berlín, Roma y Frankfurt, en esta última en calidad de becario de la Fundación Alexander von Humboldt. Especializado en arqueología protohistórica y clásica, y en concreto en las culturas ibérica y romana. Ha dirigido excavaciones arqueológicas en la ciudad romana de Italica (Santiponce, Sevilla), en los poblados ibéricos de El Oral y La Escuera (San Fulgencio, Alicante) y en el santuario de El Castillo de Guardamar (Guardamar, Alicante). También en la ciudad de Ilici (La Alcudia de Elche, Alicante) y El Tolmo de Minateda (Hellín, Albacete). Es miembro de número del Instituto de Estudios Albacetenses y correspondiente del Instituto Arqueológico Alemán y de la Real Academia de la Historia.

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