Miércoles, 04 Junio 2014 08:16

La gente

-Por Lorenzo Abad 

Hola, soy yo otra vez, Helena Graeca. Le he cogido gusto a esto de hablar. Hoy quiero presentarles a algunos de los ilunitanos que vivieron aquí hace mucho tiempo. Bueno, no a todos. Sólo a algunos. A algunos que como yo han vuelto a la vida… Es un decir, claro, los muertos no vuelven a la vida, pero sí que pueden llegar a sentirse más confortados en el Hades. Aunque a la mayoría ya les sirve de poco. Están tan perdidos que ni se dan cuenta. A algunos sí que les llega algo. A ninguno tanto como a mí, porque yo creía en eso de la pervivencia mediante el cultivo de las artes y la perfección del espítiru. Por eso me voy a convertir en portavoz de los demás.

Esos mismos tipos que desenterraron mi estela y que me devolvieron a la vida, aunque sea a una vida de muerta, desenterraron también otras cuantas estelas. Y yo, que soy curiosa, he andado mirando en las piedras, he vuelto a leer sus nombres, y me he hecho una composición de lugar. No los conocí personalmente, porque me morí bastante antes que ellos, pero sí que los había visto llegar al Hades. Siempre resultaba entretenido encontrar paisanos. Ellos ya no se enteran, pobres. Les pasa como a mi marido, se ocuparon sólo de los negocios, de las riquezas materiales, de la vida política, de los oropeles, o de vivir el día a día, sin más, no miraron más allá… Algunos fueron buena gente, otros no tanto… Pero no vamos a hablar mal de los muertos. Sería tirar piedras sobre mi propio tejado.

He dicho que soy la más antigua, y así es, me morí cuando la ciudad se preparaba para celebrar un aniversario, el de de la fundación de Roma, creo que era el 650, o el 700, un número redondo, pero ya no me acuerdo. Decían que en las ciudades grandes había grandes fiestas, pero en la mía no debió haber muchas, era una ciudad chiquitina y poco importante. No me dio tiempo a verlo. Sé que amargué las fiestas a mis familiares.fovor

Estos días he vuelto por allí, he estado revisando unas grandes piedras con letras que estaban puestas en el muro que cerraba la entrada de la ciudad. Las pusieron muchos años después de que yo muriera, pero me había fijado en ellas en las visitas a mi tumba. Era algo espectacular. Tenían razón los que llegaron al Hades haciéndose lenguas  de grandes ceremonias, de unos individuos muy bien vestidos que vinieron de lejos, hicieron sacrificios, pronunciaron discursos, prometieron grandes cosas, beneficios para la ciudad, pero al final se fueron y sólo quedó el muro. Eso sí, era un muro bien bonito. Arriba, con letras relucientes, estaba escrito algo sobre Augusto… Al propio Augusto lo recibimos un día en el Hades. Y mira por dónde, ahora esas inscripciones están caídas por el suelo… Ya decían mis maestros que esas cosas no servían para nada.

Buf, Augusto… ese hombre sí que mandaba. Entre las piedras aparecen otros, un tal Grattiano, otro Oveto, hay un Martio… Pero hoy no quiero hablar de esos, seguramente fueron importantes y alguien escribió su historia. Quiero hablar de otros, modestos, de los que nadie se acordaría si no fuera por estas estelas.

Siempre me cayó bien una familia. El padre se llamaba Mascutio, su hija Nirenia y su hijo Mamamario, vaya nombre que le pusieron al pobre. Tenían relación con un tal Didio Maenio, aunque no recuerdo si la chica estaba casada con él o si eran esclavos o libertos suyos. De lo que estoy segura es de que era su mujer.  El caso es que los dos murieron, ella era bastante joven y su hermano Mamamario se ocupó de su entierro. Como me pasó a mí, sobre su tumba pusieron una lápida. Era más grande que la mía, tenía un campo decorado con el epígrafe y una roseta labrada encima. Quedó muy aparente  y la gente que pasaba por allí se fijaba bastante. Eso era bueno, porque de esa forma padre e hija podían mantenerse juntos en el Hades, sin perderse. Así estuvieron muchos años. Pero les pasó lo que a todos. Su hermano Mamamario, que les llevaba flores, vertía aceite y vino sobre su tumba y se ocupaba de todo, llegó también al Hades. Y aquello se abandonó.antoniofelco

Pero no fue eso lo peor. Un buen día, cuando todo se había desmoronado y las hierbas habían cubierto muchas de las tumbas, la situación cambió de repente. Por el camino comenzó a pasar mucha gente. Carros y más carros cargados de cosas, de mercancías, de todo. Cada vez venía más gente, la ciudad, que había estado casi vacía, se iba poblando otra vez. Tiraron abajo lo que quedaba de la muralla vieja, que estaba medio derruida, y con sus piedras comenzaron a levantar otra, más delante. Como no tenían bastante echaron mano de las de los monumentos funerarios, desmontaron los sillares que sobresalían, cogieron las estelas y se las llevaron. Les dieron la vuelta y las pusieron en el muro que estaban construyendo. Qué mala suerte, Mascutio, Nirenia, Mamamario perdieron toda oportunidad. Sus nombres quedaron ocultos para siempre.

¿Para siempre? No. Muchos, muchísimos años después, cuando ese nuevo muro ya se había arruinado, y él mismo había servido de cantera, otros tipos, los mismos que me desenterraron a mí, los desenterraron a ellos. Pero los pobres se habían perdido ya en el Hades, a ellos no les sirvió para nada.

Lo mismo les pasó a otros muchos. Hay una piedra que dedicó a Archio, esclavo de Antonio, su propio amo, Antonio Felco. Es una estela parecida a la anterior, también decorada, aunque más pequeña. Este Archio era joven, llegó desolado al Hades, su dueño no dejó de ocuparse de su tumba, pero ya no recuerdo lo que pasó. Seguramente lo que a todos, moriría y su memoria se borraría para siempre. La verdad es que yo he tenido mucha suerte… Bueno, la verdad es que trabajé y me esforcé mucho para conseguirlo.liberatatis

Me acuerdo también de Fabricio, que murió a los veinte años, y al que su padre y su madre le dedicaron una estela; y de Mancino, y de Cornelia, y de Verius, y de Antonia, la madre de Marco Antonio Urculo, y de Macer… buf, cuánta gente… Estos y otros muchos acabaron metidos en el muro. Entonces pensé que habían tenido muy mala suerte. Pero qué va. Han estado allí muchos siglos, sin que nadie los moviera, los llevara para arriba y para abajo, los picara… Los que se salvaron en aquella ocasión fueron removidos después, cuando la gente labraba los campos, y sus piedras tuvieron peor suerte. Acabaron no en un monumento tan bonito sino en cualquier sitio, en los bancales, en los cimientos de las casas, machacadas.... Y se perdieron, se perdieron del todo. 

A algunas se las llevaron a otro sitio, como la de Valeriano, un joven de 18 años. Su estela era muy parecida a la de Mascutio y Nirenia y se la llevaron para arriba. Vi cómo la metían en un edificio muy grande, la basílica lo llamaban. No sé para qué la querrían. De hecho las hizo el mismo artesano. Se había especializado en hacer estelas. Tenía un montón de sillares, de distintos tamaños. Los más grandes eran más caros, claro. Y unos cuantos patrones de muestra. Cuando alguien moría, su hijo, o su padre, o algún allegado, se acercaba para encargar la estela. Elegía entre los pocos modelos que tenía el escultor, pagaba y días después venía a recogerla. Por eso estas dos estelas son tan parecidas. Más grande la de Mascutio, no en vano Didio Maenio era un hombre rico. Y pudo permitirse dar un buen entierro a su chica y al padre de ésta, aunque en la inscripción, para guardar las apariencias, figurara que era su hermano el que se había ocupado de todo.
sergio gracil

Ah, y se me olvidaba, estaba también la de Sergio Grácil. Era una estela larga y estrecha, decorada con arquillos. Los Sergios eran muchos, decían que venían de una buena familia de Roma, que se habían extendido por todo el mundo. Pero a éste no le había ido muy bien, aunque su familia, también para guardar las apariencias, se gastara todo lo que tenía en su estela. Las letras eran malísimas y estaban torcidas, no cabían en el espacio que le habían reservado. Pero eso sí, la piedra era larga y estrecha, en un solo bloque, y la cogieron para reforzar la muralla. No va a reforzar mucho, pensé, porque esta piedra es muy endeble… Pero es que esa gente –creo que les llamaban visigodos--  eran unos chapuceros. Al lado vi a otros obreros que estaban reforzando la muralla con la estela de Antonio y una vieja dovela. Como no encajaban, las unieron con una grapa de madera. Mira que… Anda que eso iba a aguantar mucho.

Y desde luego no aguantó. Poco tiempo después, un terremoto la tiró abajo. Y ya no la volvieron a levantar. Pero eso fue hace mucho tiempo, antes de que vinieran otras gentes, muy diferentes, que hablaban una lengua muy rara. Hasta entonces yo me había defendido bien. Todos hablaban latín, un latín que se iba haciendo extraño conforme avanzábamos en el tiempo. Pero latín, al fin y al cabo. Ahora hablaban otra lengua. Árabe, la llamaban. Y yo ya no la entendía. Así que dejé de preocuparme por lo que había sido mi ciudad, dejé de frecuentar aquellos sitios, sólo de vez en cuando volvía a mi monumento. Seguía allí enterrado, la estela con mi nombre se había salvado, estaba allí, acurrucada junto a lo que quedaba de mi monumento, esperando tiempos mejores. Tiempos que llegaron. Son estos de ahora. Y por eso me siento contenta.

Ya me despido. Vuelvo a mis cosas, a mi mundo. Llegará un día en que nos veremos. Porque una de las cosas de que me he dado cuenta es que eso del Hades, del Cielo, del Paraíso, es todo lo mismo. La gente cree en cosas y en dioses diferentes pero al final todos nos encontramos.

Que tengáis una buena vida. Salud.

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Los epígrafes que están en la base de este relato se han encontrado en El Reguerón, reutilizados en el baluarte visigodo o en su relleno. Uno de ellas apareció formando parte de un banco de la iglesia visigoda. Algunas están completas pero la mayoría están fragmentadas y los nombres que contenían se han perdido en parte. Han permitido aumentar considerablemente el elenco de nombres conocidos y el rango de sus habitantes. Hay hombres libres, libertos y esclavos. Se reconocen relaciones familiares, incluso familias completas.  

 

Lorenzo Abad Casal es Doctor por la Universidad de Sevilla (1976). Profesor ayudante de Arqueología y encargado de curso en las Universidades de Sevilla, Cádiz y Complutense, adjunto en la de Córdoba, agregado en la de Valencia y catedrático en la de Alicante, a la que se incorporó en 1979 y en la que sigue ejerciendo en la actualidad. Ha investigado y ampliado estudios en la Universidad de Munich y en las sedes del Instituto Arqueológico Alemán en Berlín, Roma y Frankfurt, en esta última en calidad de becario de la Fundación Alexander von Humboldt. Especializado en arqueología protohistórica y clásica, y en concreto en las culturas ibérica y romana. Ha dirigido excavaciones arqueológicas en la ciudad romana de Italica (Santiponce, Sevilla), en los poblados ibéricos de El Oral y La Escuera (San Fulgencio, Alicante) y en el santuario de El Castillo de Guardamar (Guardamar, Alicante). También en la ciudad de Ilici (La Alcudia de Elche, Alicante) y El Tolmo de Minateda (Hellín, Albacete). Es miembro de número del Instituto de Estudios Albacetenses y correspondiente del Instituto Arqueológico Alemán y de la Real Academia de la Historia.

 

 

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