Miércoles, 16 Julio 2014 08:15

La construcción del complejo religioso de época visigoda en Eio (I).

 

por Pablo Cánovas Guillén.

 El siguiente texto, que por su extensión será publicado en varias partes, es una pequeña historia novelada de cómo pudo ser la construcción de la basílica y el palacio episcopal visigodos documentados en la antigua ciudad de Eio, el yacimiento de el Tolmo de Minateda. Salvo algunas licencias del autor, como los nombres de los personajes, toda la información utilizada en el texto ha sido extraída de los trabajos de investigación arqueológica que el equipo Tolmo de Minateda está desarrollando desde el año 1995, momento en el que se iniciaron las labores en la plataforma superior del yacimiento, donde se ha puesto a descubierto uno de los conjuntos arquitectónicos religiosos de época visigoda más interesantes de toda España.

Mi nombre es Guma Picto. Padre tuvo poca imaginación y decidió otorgarme como praenomen la misma palabra que los germanos utilizan genéricamente para denominar a los hombres, esos mismos que trasladaron mis restos, cientos de años después de que fueran depositados en una tumba junto a la basílica de Eio, hasta una construcción erigida con extraños materiales denominada Museo.

Dejé el mundo de los vivos cuando todavía no había conocido mujer. Eso ocurrió unos 600 años después del nacimiento de Cristo, no lo recuerdo con exactitud. Pero Dios fue generoso conmigo y me permitió aprender un oficio y conocer muchos lugares. Dios y, sobre todo, Picto, mi padre, conocido contratista que durante años recorrió, la mayoría de las veces con madre y mis hermanos, numerosos caminos para que ediles, nobles y obispos le encargaran reparaciones o la construcción de nuevos edificios.

Gracias a esos encargos conocí la gran Toletum, y otras prósperas ciudades como Oretum o Castulo. Incluso logré mojar mis manos con el agua salada del Mare Nostrum, cuando encargaron a padre la reconstrucción de una parte del macelum de Carthago Spartaria. Mis andanzas y mis conocimientos se truncaron en la ciudad de Eio, a medio camino entre ese mar que me impresionó y la corte toledana.

Hasta ese lugar, no exento de una particular belleza, unas tierras donde los cultivos pugnaban por un predominante campo de esparto, llegamos una primavera, tras un largo camino que discurría por extensos tramos de una antigua calzada romana que ya conocía. Eio. Una ciudad en la que en ocasiones padre había decidido parar a pernoctar en una de sus posadas, de camino a la antigua Carthago Noua.obispados ok copia

Aquella primavera franqueamos por primera vez su puerta, defendida por un corto tramo de muralla que se notaba que había sido erigido hacía muy poco tiempo. Recuerdo que padre, casi susurrando, le explicó a mi hermano mayor que era un baluarte defensivo pero que se había construido con demasiada premura y con numerosos errores técnicos. Incluso llegó a decir que no tardaría demasiado en desplomarse, pero madre enseguida hizo un gesto para que callara.

Eio era una ciudad extraña. Situada en un cerro amesetado, para llegar a la zona alta existía un camino tallado en la roca que se veía interrumpido por una segunda puerta defensiva, y que todavía estaban construyendo a nuestra llegada. En su interior sus estrechas calles daban paso a viejos edificios abandonados, algunos totalmente derruidos, intercalados con otros de nueva construcción. Era una ciudad con una incesante actividad, casi como si se hubieran puesto manos a la obra para su reconstrucción después de un gran incendio. Pregunté a padre, pero al parecer la ciudad no se había incendiado. Eio en otro tiempo fue una ciudad próspera llamada Ilunum, y con el paso del tiempo fue perdiendo su esplendor hasta que casi se abandonó por completo. Desde hacía unos cuantos veranos el rey decidió recuperarla. Padre me contó que por eso habíamos viajado hasta allí. En Toletum decidieron que Eio tenía una posición estratégica privilegiada y que debía ser un punto de control en el camino hacia Carthago Noua. Para reforzar esta recuperación también decidieron crear en ese lugar una nueva sede episcopal. Por eso el arzobispo le había encargado a padre la construcción de una iglesia y un palatium, para que el obispo designado, cuyo nombre era Senable, pudiese realizar en la nueva sede todas sus funciones.

Recuerdo ese primer día en Eio especialmente. Madre y mis hermanas permanecieron en una pequeña habitación, la que sería nuestra casa en los siguientes meses, cerca de la puerta norte de la ciudad. Mientras tanto padre, mi hermano y yo fuimos a presentar nuestras credenciales al edil. Enseguida nos enseñó el lugar donde se debían levantar los edificios. Donde imaginaba un terreno expedito, preparado para iniciar los trabajos de construcción, encontramos un montón de escombros y paredes a medio caer. Antiguos edificios arruinados, otros todavía parcialmente en pie pero con evidentes signos de abandono se disponían alrededor de un espacio abierto. Mas tarde padre me explicó que ese lugar era el antiguo foro de la ciudad, y que los edificios en ruinas eran, entre otros, un templo pagano y una basilica de los tiempos del Antiguo Imperio.BASGRAL01 copia

Lejos de amilanarse, no se si porque sabía lo que se iba a encontrar, padre comenzó a hacer cálculos de cuantos hombres y carros le harían falta para comenzar a desmontar y desescombrar esos edificios. Veinte hombres y una decena más con sus carros tirados con mulas comenzaron los trabajos dos días más tarde. Conseguir esas manos fue una tarea complicada, puesto que en la ciudad se estaba construyendo mucho, por lo que padre tuvo que visitar varias haciendas de los alrededores y prometer buenos estipendios para lograrlo.

Pasaban los domingos, el único día de la semana en el que descansábamos, y el encargo para el obispo se complicaba cada vez más. Una vez que el terreno a utilizar estaba totalmente limpio hubo que esperar la llegada de un agrimensor de Toletum, que era el encargado de proyectar los edificios. Durante largas jornadas, mientras esperábamos su anunciada visita, padre nos obligó a mi hermano y a mi a medir y clasificar todas las piedras de gran tamaño, los fustes y capiteles que durante los trabajos de desmonte padre había mandado apartar para poderlos utilizar en la nueva construcción. Teníamos una vara que padre nos había cortado con la medida de un pie y mientras yo la desplazaba por esas piedras mi hermano calculaba mentalmente el número de pies que tenía, que terminaba anotado, con la ayuda de un punzón y una serie de marcas en cada una de las piedras de aquel montón que parecía no tener fin.

Una mañana calurosa llegó el esperado agrimensor. Recuerdo que iba vestido con una túnica negra y no pude evitar pensar que, siendo hombre de mundo, este enviado de la corte iba a sudar bajo el sol abrasador de Eio. El edil no me permitió acompañarlos, por lo que desconozco con detalle las indicaciones que realizó el visitante. Aquella noche padre no pudo dormir. Nosotros tampoco. Lo que le había pedido el agrimensor retrasaría mucho los trabajos y el pago por ellos ya estaba acordado y no se podía ampliar. Mi hermano me contó que, al ver que el terreno preparado era irregular, que estaba en pendiente, y que solo en algunos puntos afloraba la roca madre, el agrimensor exigió que se realizaran dos grandes plataformas horizontales en la roca sobre la que se asentarían los edificios, para lo que había que recortar la misma y extraer una infinidad de carros de desechos.

A la mañana siguiente ayudamos al visitante de la túnica negra a marcar en el terreno las dimensiones de ambos edificios. Mi hermano y yo sujetamos durante esa jornada los extremos de una cuerda que tenía doce tramos separados por nudos, y el agrimensor nos ordenaba nuestras posiciones al tiempo que doblaba la cuerda por alguno de sus nudos hasta crear un ángulo recto, momento en el que pedía a padre que clavara una vara en el lugar en el que ese nudo se había apoyado sobre la tierra. Casi anocheciendo cientos de varas sin aparente orden poblaban un dominio que pronto cambiaría de aspecto.

Padre continuaba apesadumbrado pero no podía hacer nada más que resignarse y volver a llamar a los hombres que habían trabajado semanas antes para él. Solo consiguió convencer a la mitad. El resto estaba demasiado ocupado en los trabajos propios de aquellas fechas en el campo. Afortunadamente el trabajo fue más sencillo de lo que padre suponía, puesto que la roca sobre la que se asentaba Eio no tenía demasiada dureza y su extracción era una labor bastante sencilla. A finales de ese verano se habían creado dos plataformas horizontales de más de 100 pies de largo y 40 pies de ancho, tal y como había pedido el agrimensor. Al tiempo que se realizaba la extracción de la roca sobrante, padre ordenó realizar varios recortes en aquellos lugares donde más tarde se levantarían los muros y las columnas de ambos edificios. Nosotros le ayudábamos con la cuerda de doce nudos, con sus indicaciones, a calcular el lugar exacto en el que los hombres debían usar sus cinceles y mazas para recortar la roca.CIMG0019 copia

El resultado fue menos perfecto de lo que a padre le hubiera gustado. Los hombres no tenían experiencia, y la presencia de cimientos y recortes de las construcciones antiguas hacían que las plataformas presentaran en su superficie bastantes irregularidades y grandes agujeros. Por eso, durante los días que debíamos esperar una nueva visita del agrimensor, padre nos puso a rellenar, con piedras y con cal que él mismo apagaba y mezclaba con arena y agua, aquellos agujeros.

Cuando aquel hombre, que nos tenía atemorizados a mi hermano y a mi, regresó con su túnica negra pareció bastante satisfecho del trabajo realizado. Tan solo se disgustó porque padre había desplazado algo más de un pie la posición de los recortes donde descansarían los muros occidentales de la iglesia, el lugar donde se debía construir el baptisterio. Padre tomó esa decisión por evitar un gran agujero antiguo que se encontraba justo en el lugar donde debía haberse levantado el lienzo. Por una vez pareció convencer al agrimensor, que, no obstante, pidió que ese agujero se rellenara con más capas de piedra, tierra, y cal, cosa que hicimos antes de que regresara a Toletum.33. Vista del conjunto con parte del palacio episcopal a la derecha copia

A estas alturas mis tíos y mis primos hacía días que habían llegado, reclamados por padre, para comenzar la construcción de los edificios. La falta de hombres hizo que mi progenitor decidiera comenzar con la iglesia y no hacerlo con el palatium hasta que la primera de las estructuras estuviera bastante avanzada. Comenzaba a hacer frío por las noches y el nuevo obispo, que vivía de forma provisional en la cercana Begastri, ya había comunicado su intención de consagrar los edificios antes de la siguiente Pascua de Resurrección.

(continuará…)

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Pablo Cánovas Guillén es arqueólogo, dedicando buena parte de su vida profesional al proyecto de investigación Tolmo de Minateda, que codirige desde 2004. Ha centrado su investigación en la arqueología altomedieval, la arqueología de la arquitectura o la gestión del patrimonio arqueológico. Hasta 2012 dirigió el Parque Arqueológico Tolmo de Minateda y en la actualidad compagina su actividad investigadora con el trabajo de edición y dirección de un medio de comunicación local: El Objetivo de Hellín.

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