Miércoles, 23 Julio 2014 08:18

La construcción del complejo religioso de época visigoda en Eio (II)

 

por Pablo Cánovas Guillén

El siguiente texto, segunda parte de una serie que comenzó la pasada semana, es una pequeña historia novelada de cómo pudo ser la construcción de la basílica y el palacio episcopal visigodos documentados en la antigua ciudad de Eio, el yacimiento de el Tolmo de Minateda. Salvo algunas licencias del autor, como los nombres de los personajes, toda la información utilizada en el texto ha sido extraída de los trabajos de investigación arqueológica que el equipo Tolmo de Minateda está desarrollando desde el año 1995, momento en el que se iniciaron las labores en la plataforma superior del yacimiento, donde se ha puesto a descubierto uno de los conjuntos arquitectónicos religiosos de época visigoda más interesantes de toda España.

 

No fue esa Pascua, sino la siguiente, cuando el obispo Senable pudo por fin ocupar su cátedra en aquella magnífica iglesia. No es que la construcción fuera demasiado complicada, pero las dimensiones de aquellos dos edificios y su situación, en lo alto de aquel cerro, y a cuya cima había que acarrear hasta el agua, dilataron en el tiempo su conclusión. Solo en Toletum había visto una iglesia tan grande. Cuando sus muros empezaron a levantarse pude hacerme una idea de sus dimensiones reales y del esfuerzo que habría que invertir para terminarla.

Padre ponía todo su empeño en organizar a los hombres y la llegada de los materiales necesarios de la mejor forma posible. La piedra no era un problema. Se utilizaron no solo aquellas escuadradas, algunas decoradas, procedentes del desmonte que hicimos de los edificios más antiguos, también las piezas mayores recuperadas de los trabajos de excavación y los recortes realizados en la roca. Además, para conseguir sillares con una determinada medida se creó una cantera al noreste de los edificios, apenas a unos 200 pies de distancia de los mismos. Padre encargó a mi hermano a que recorriera los alrededores en busca de sillares, columnas, y otros elementos de edificios antiguos que pudieran ser utilizados en la construcción. Durante aquellos días recuerdo verlo llegar con uno de los carros que había contratado padre cargado con grandes estelas funerarias, sillares e incluso algún capitel y fustes de columna. Recuerdo especialmente un gran fuste de piedra de color verde que padre reservó para utilizar en el pórtico principal.DSCF0174

El verdadero problema era conseguir agua. Recuerdo que en el interior de Eio existían cientos de depósitos excavados en la roca para almacenar el agua de lluvia, aunque la mayoría de ellos no eran públicos y estaban casi vacíos. En aquel territorio llovía poco, y cuando lo hacía la lluvia era intensa pero breve. La fuente más cercana estaba en el exterior de la ciudad, un arroyo que discurría a pocos pies de la puerta, con un agua de sabor desagradable, salobre, y no demasiado limpia, pero que era perfecta para los trabajos de construcción. Junto a la puerta existía un profundo pozo, al parecer construido en el antiguo imperio, del que manaba el agua que daba de beber a casi toda la ciudad en aquellas épocas en las que no llovía demasiado. Pero el agua necesaria para nuestros trabajos tenía que ser acarreada desde arroyo. Lo hacíamos transportándola en odres de piel que normalmente mis primos se ponían a cargar en sus burros. Aprendimos a valorar el agua casi como si fueran tremises, esas pequeñas monedas de oro de cuya existencia conocía pero que nunca había visto.

Fueron muchas jornadas de trabajo y los muros de la iglesia comenzaban a tener una considerable altura. Eran muros macizos de dos pies de grosor, hechos con piedra y trabados con cal. Los cierres perimetrales ya estaban terminados y ahora los hombres se afanaban en levantar, sobre las arquerías, los dos muros más altos que cerrarían la nave central por el norte y por el sur, donde estaban dejando una serie de huecos para las ventanas. Aquí entraba en juego el trabajo de Fulco, un viejo cantero amigo de padre que era, junto a sus dos hijos y cinco nietos, el encargado de tallar las piezas que decorarían estos vanos. En realidad este trabajo lo hacían sus nietos, puesto que a esa altura las ventanas apenas se verían. Fulco dedicaba su tiempo a tallar otro tipo de piezas, como unos fabulosos canceles decorados que separarían el sanctuarium del resto de las naves o unos más grandes que servirían para distinguir entre las tres naves del baptisterio. Mientras hacía este complicado trabajo en un taller montado para la ocasión en la zona más alta de Eio, uno de sus hijos se encargaba de tallar las piezas de piedra que, dispuestas en el suelo, servirían para encajar cada una de esas placas de piedra decorada.elementos ornamentales

Fulco procedía de Castulo, o puede que de Tucci, no lo recuerdo bien. Y allí tenía su taller. Muchas de sus piezas eran encargadas desde otros lugares del reino y desde allí, una vez finalizadas, las enviaban para su colocación. En ocasiones el cantero y su familia se desplazaban hasta el lugar donde se realizaba la construcción en la que se utilizarían sus encargos por tratarse de trabajos especialmente costosos o, como era el caso, cuando le esperaba la compañía de padre, cuyo rostro se veía más feliz desde la llegada del picapedrero.

Varios domingos más tarde había llegado el momento de iniciar los trabajos en la cubierta del edificio. La previsión de padre de reservar aquellos materiales que se podrían reutilizar del desmonte de los viejos edificios le ahorró ahora mucho esfuerzo y costes. Además de las piedras se habían recuperado algunas tejas completas, ladrillos, y, sobre todo, las vigas de madera, muchas de más de 20 pies de largo, de aquellos escombros que nos dieron tanto trabajo. Con todas ellas, y algunas conseguidas a buen precio en un pago cercano, comenzó a erigirse el entramado que sustentaría el tejado.lateres

Mientras se preparaba la estructura de madera y cañas me encargaron ayudar a uno de mis tíos en la confección de las tejas para la cubierta de los dos edificios. Para facilitar el trabajo buscó un terreno sin cultivar a los pies de la ciudad, cerca del arroyo, y una veta de tierra arcillosa que nos esperaba en una de las laderas. Grandes cantidades de tierra y agua se mezclaban con algo de paja, creando un montón de barro que separábamos después en porciones similares. Cada bola de barro pasaba más tarde al interior de unos moldes de madera de dos pies por uno de anchura que había fabricado mi tío, el barro se aplastaba por igual hasta que se formaba una especie de lámina rectangular que otro hombre apoyaba sobre su muslo para curvarla, dejándola en el suelo, en posición vertical, para que perdiera poco a poco la humedad. Este trabajo se repetía una y otra vez durante tres o cuatro días consecutivos. Cuando mi tío consideraba que ya se habían fabricado suficientes piezas dedicábamos otra jornada a cargar con ellas el horno, una estructura que se había construido junto a aquel campo unos días antes. Los hombres habían excavado un gran agujero circular, de unos de 6 pies de profundidad y después lo habían forrado con piedra y cal. Sobre la superficie sobresalían otros 12 pies de un muro circular cada vez más estrecho, formando una nueva cámara sobre la anterior. La boca daba acceso a la zona inferior, que cargábamos de leña seca, y arriba se colocaban, perfectamente apiladas, todas las tejas que cupieran. Toda la operación duraba un día y una noche, una larga noche en la que algunos hombres velaban procurando que el fuego siempre estuviera vivo.60544-986

En aquellos días realicé mi primer trabajo de responsabilidad. Mi tío me encargó la elaboración, con la ayuda de mis primos más pequeños, de cientos de ladrillos macizos que padre utilizaría para cubrir el ábside de la iglesia y pavimentar el suelo del sanctuarium. El proceso era muy similar al de la confección de las tejas. La única diferencia era el grosor, en los ladrillos bastante mayor, y que éstos se dejaban secar horizontalmente, hecho que nos obligaba a estar pendientes de que nadie pisara sobre ellos sin darse cuenta durante las jornadas en las que permanecían enjugándose. Ni la mayor de nuestras atenciones evitó, no obstante, que gatos, perros, gallinas, una cabra, e incluso mi prima, pisaran por encima de ellos. Mi disgusto era evidente y padre me tranquilizó asegurando que unas pequeñas marcas en la superficie de los ladrillos no impedirían su cometido. De hecho me pidió que les hiciera a todos ellos una marca que los distinguiera del resto de la hornada. No teníamos un sello, como había visto que utilizaban los fabricantes de ladrillo en Toletum, así que, con la ayuda de un punzón, marcamos con una cruz en el centro de uno de sus lados todos ellos.

(continuará…)

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Pablo Cánovas Guillén es arqueólogo, dedicando buena parte de su vida profesional al proyecto de investigación Tolmo de Minateda, que codirige desde 2004. Ha centrado su investigación en la arqueología altomedieval, la arqueología de la arquitectura o la gestión del patrimonio arqueológico. Hasta 2012 dirigió el Parque Arqueológico Tolmo de Minateda y en la actualidad compagina su actividad investigadora con el trabajo de edición y dirección de un medio de comunicación local: El Objetivo de Hellín.

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