Jueves, 24 Julio 2014 08:19

Hallan nuevos restos de pinturas murales del siglo XVIII en Pozohondo

No es la provincia de Albacete de los sitios que suelen ocupar las primeras posiciones en las listas que enumeran cantidad o calidad en elementos patrimoniales, pero investigadores, conservadores y algunos gestores, lamentablemente los menos, se están empeñando, con su trabajo no siempre valorado, en recuperar esa parte de nuestro patrimonio olvidada por muchos y castigada por unos pocos.

Conocidos, en este sentido, son algunos ejemplos de equipos de investigación interesados en el patrimonio arqueológico de nuestro territorio, plataformas ciudadanas que luchan por la conservación de determinados elementos, más deteriorados por decisiones políticas que por el paso del tiempo, y hombres y mujeres que, por amor a sus pueblos, dedican su tiempo libre a recopilar documentos tratando de desterrar falsos mitos y errores históricos tradicionalmente admitidos.

A veces, cuando el azar y alguna de estas voluntades se unen, ocurren cosas como la sucedida en la vecina localidad de Pozohondo. Aquí, unas pequeñas obras de remodelación y la presencia de un grupo de personas interesadas en conocer y conservar su patrimonio han propiciado el hallazgo de unas pinturas murales que posiblemente daten del siglo XVIII, y que en estos días se están restaurando para su puesta en valor.Captura de pantalla 2014-07-23 12.38.17

Todo comenzó en septiembre de 2013. La iglesia parroquial de San Juan Bautista de Pozohondo iba a sufrir una nueva remodelación. Esta vez la obra prevista era pequeña. Se trataba de descubrir unas hornacinas que años antes habían sido cegadas en la pared sur. Un trabajo de martillo y cincel que pronto se convirtió en una labor de bisturí, puesto que salieron a la luz algunos restos de pintura de vivos colores.

Las hornacinas se recuperaron y pronto alojaron imágenes de culto, al tiempo que comenzaba la ardua labor de convencer a unos y pedir financiación a otros para que el descubrimiento, además de formar parte del anecdotario de la Parroquia, sirviera para desvelar parte de su historia y que ésta enriqueciera el patrimonio artístico de la localidad.

Meses más tarde ese interés, el apoyo de muchos ciudadanos que han colaborado económicamente, y el respaldo del obispado de Albacete, han permitido una intervención sobre uno de los paños de la iglesia, realizada por las experimentadas manos del restaurador Pablo Nieto y su equipo. Encaramados a un andamio, y tras eliminar las diferentes capas de pintura que el tiempo y la mano de voluntariosos hombres depositaron sobre ellas, los restauradores consolidan y restituyen zonas perdidas de un paño de unos 20 metros cuadrados, con pinturas que recuerdan el estilo llamado “popular” reconocido en otros lugares de la provincia, como la Ermita de la Purísima de Tobarra, la de los Remedios en Ayna o, quizás las más conocidas de la Ermita de Nuestra Señora de Belén en Liétor.

Aunque el hallazgo todavía es parcial y está en fase de estudio, se conservan dos figuras humanas, identificadas por el momento como San Joaquín y Santa Ana, enmarcadas en arquitecturas ilusorias, y a las que acompañan otros elementos ornamentales, como racimos de uvas, todos con trazos repletos de arcaísmos e imperfecciones, en la línea de la mejor estética del arte popular del siglo XVIII, y que, lejos de restarles importancia, los hacen si cabe más interesantes.

El historiador del arte Francisco J. Donate, una de las personas que desde el principio ha participado del hallazgo y de su estudio, trabaja con la hipótesis de que las pinturas se realizaran hacia 1730 o 1740, siendo por tanto algo posteriores a la supuesta construcción del edificio –difícil de determinar con exactitud por la falta de fuentes documentales- y quizás contemporáneas a las más conocidas de Liétor.

No dejan de ser suposiciones basadas en los citados paralelos y en otros elementos como la técnica y los materiales empleados, que quien sabe si podrán ser corroboradas o desechadas tras los trabajos que quedan por hacer. Y es que algunas catas realizadas en otros lugares de la iglesia han determinado la existencia de restos de pintura, lo que podría indicar que en algún momento, si no todo el templo, buena parte de él habría estado cubierto de pinturas murales, como ocurre en la vecina Ermita de Belén. Y es que el proyecto de restauración que está ejecutando Pablo Nieto comprende solo el paño que rodea la recién recuperada hornacina que albergará la imagen de San Juan Evangelista, y el resto, si se decide recuperar, deberá esperar a nuevos proyectos y, sobre todo, nuevos fondos, tan difíciles de conseguir en estos tiempos.
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Casos similares se han producido en los últimos años. Uno de los más conocidos y cercanos es el descubrimiento de un retablo del siglo XVII que se encontraba camuflado por capas de yeso, pintura y marmolina en la hellinera Parroquia de San Roque, un trabajo que también realizó el equipo de Nieto. Muchos ciudadanos, en el siglo XXI, se echan las manos a la cabeza y se preguntan cómo hace apenas unas décadas se decidiera obliterar con otros materiales que, desde nuestra cómoda perspectiva, son de peor calidad e interés histórico, elementos patrimoniales que ahora valoramos de otro modo, como el retablo sanroqueño o las pinturas de Pozohondo. Lo cierto es que a finales del siglo XIX, o incluso en los primeros años del XX, no estaba extendida la visión historicista de todo lo que nos rodea, no existía ese valor, ni siquiera romántico, hacia los vestigios de nuestro pasado que ahora, gracias en parte a Indiana Jones, está tan presente. Pero además, no tenemos en cuenta otra variable importante. Ese retablo, o la representación de San Joaquín y Santa Ana, presentarían un estado de conservación bastante deficiente en el momento en que se decidió condenarlos al olvido. Sin restauradores ni defensores del patrimonio a la vista, lo más sencillo para aquellas gentes era hacer borrón y cuenta nueva.

Desafortunadamente para algunos obtusos, esos que todavía se empeñan en medir la cultura de los pueblos en miles de euros, los tiempos han cambiado. No hay ni un feligrés de San Roque que no sepa la historia del retablo y no valore el trabajo allí realizado para su recuperación. Seguramente ocurrirá lo mismo con los parroquianos de San Juan Bautista una vez que descubran qué estaba haciendo esa gente con tan mala pinta durante aquellos días en la iglesia. Un trabajo poco agradecido para algunos, pero ilusionante para aquellos que buscan conocer y recuperar el pasado de donde nacieron o de donde ahora pacen.

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