Miércoles, 30 Julio 2014 08:25

La construcción del complejo religioso de época visigoda en Eio (III)

 

  por Pablo Cánovas Guillén.

El siguiente texto es la tercera parte de una pequeña historia novelada sobre cómo pudo ser la construcción de la basílica y el palacio episcopal visigodos documentados en la antigua ciudad de Eio, el yacimiento de el Tolmo de Minateda. Salvo algunas licencias del autor, como los nombres de los personajes, toda la información utilizada en el texto ha sido extraída de los trabajos de investigación arqueológica que el equipo Tolmo de Minateda está desarrollando desde el año 1995, momento en el que se iniciaron las labores en la plataforma superior del yacimiento, donde se ha puesto a descubierto uno de los conjuntos arquitectónicos religiosos de época visigoda más interesantes de toda España.

 

Hacía muchas jornadas que no pisaba la obra de los edificios, y a mi regreso quedé sorprendido. La iglesia no solo estaba aparentemente casi concluida en su exterior, también habían comenzado los trabajos en el palatium, y muchos de sus muros perimetrales ya comenzaban a levantarse sobre los recortes preparados.

Levantar el palacio fue una tarea mucho más sencilla. Se trataba de un edificio de planta más o menos alargada, con diferentes habitaciones de distintos tamaños comunicadas entre sí, que ocupaba una superficie parecida a la de la iglesia. Aquel edificio tenía en su interior amplios patios. Según padre servirían para almacenar los impuestos que el obispo cobraría a toda su feligresía en nombre del rey. Durante aquellas jornadas, en las que sus muros cada vez se hacían más altos, mi hermano y yo pasábamos largas horas es su interior. Padre estaba demasiado ocupado en la construcción de la piscina bautismal de la iglesia como para tenernos en cuenta.basilica

Al palacio se accedía por la zona oeste, desde la calle principal que subía directamente a la parte alta de la ciudad. Junto a la puerta, y por delante de los 10 pies que separaban los dos edificios, mis tíos estaban levantando una serie de pilares que sustentarían un pórtico, que sería, cuando estuviera acabado, el acceso al patio central de todo el conjunto. Desde este patio se podría acceder a la iglesia por el sur y a las habitaciones del segundo piso del palacio, gracias a unas escaleras que el maestro carpintero ya estaba preparando.

Desde la entrada principal, nada más franquear la puerta, se abría a la derecha una estancia que, a su vez, daría acceso a la torre, que ya tenía bastantes pies de altura y que estaba siendo levantada con la ayuda de un andamio de grandes dimensiones al que no nos dejaban subir. El edificio tenía, alineadas con la puerta principal, dos habitaciones más, por las que había que pasar para llegar a un gran espacio que padre llamaba aula. Se trataba de la mayor de las estancias del edificio. De planta rectangular, y sin contar con la torre, sería también la más alta de todas ellas. Aquí se estaban levantando las paredes perimetrales junto a una serie de pilares que sustentarían, junto a unas columnas colocadas en el centro de la habitación, un buen número de arcos, necesarios para sostener la pesada cubierta. Era éste, según nos explicó padre, el lugar más importante del edificio. Serviría, sobre todo, para que el obispo realizara todas sus funciones civiles, recibir audiencia o impartir justicia, y el lugar desde el que saldrían algunas de las procesiones que presidiría y que concluirían en el interior de la iglesia.Restos del palacio episcopal visigodo

El edificio tenía otras estancias, una a oriente del aula, casi tan grande como ésta, y cuya función nunca llegué a conocer, y otras dos que se abrían al patio que separaban ambos edificios, y que servirían para almacenar los impuestos recaudados por el obispo, como pude comprobar poco después, ya que antes de que concluyeran las obras estos espacios ya albergaban tinajas con aceite, grano, y numerosos odres de vino.

Pasaban los días. Padre continuaba pasando muchas horas en el baptisterio, y nosotros nos afanábamos en surtir de yeso a los hombres que ya habían comenzado a revestir por completo los edificios, mientras de vez en cuando echaba un vistazo hacia la calle principal por si veía aparecer a aquel temible agrimensor de la túnica negra, cuya visita padre esperaba desde hacía tiempo.

Llegó un domingo, con la misma indumentaria que portaba en su última visita. Las obras estaban detenidas, pero insistió en visitarlas junto a padre. Mientras paseaban entre aquellos edificios los demás tratábamos de contener nuestros nervios, sin descruzar los dedos para que el trabajo realizado en los últimos meses satisficiera sus previsiones. Lamentablemente no fue así, aunque podría haber sido peor. Exigió que la piscina bautismal, a la que padre había dedicado tanto esfuerzo, se reformara totalmente, además de añadir una nueva habitación al palacio, ampliándolo hacia la calle principal, a modo de vestíbulo, puesto que, según nos contó mas tarde padre, le parecía inadmisible que el interior del edificio, sobre todo el aula, se pudiera ver desde la calle, en el caso en el que la puerta permaneciera abierta.palatium

No nos quedó más remedio que ponernos manos a la obra. Padre en la piscina y nosotros, con dos de nuestros tíos, en aquella nueva habitación. Para construirla tuvimos que excavar los cimientos en la tierra que habíamos aportado semanas antes para preparar el pavimento que daría acceso a la entonces puerta principal. Padre llegó al acuerdo con el agrimensor de utilizar los pilares del pórtico como tope sur de la nueva habitación, por lo que esos bloques de piedra quedaron en el interior del nuevo muro perimetral. La nueva habitación tenía dos accesos, uno en el norte y otro en el oeste, aunque éste último ya no estaría alineado con el eje del edificio y ahora desde la calle no podía verse su interior.

Mientras tanto padre tenía que dejar la piscina bautismal tal y como le indicó el agrimensor. En la nave central del baptisterio había excavado en la roca un gran agujero en forma de cruz, con una serie de peldaños también excavados en sus extremos oriental y occidental, los más largos, que daban acceso a la zona central de la piscina, que tendría una profundidad de unos 4 o 5 pies. Un trabajo muy costoso que no terminó de convencer a aquel hombre de la túnica negra. Siguiendo sus indicaciones la piscina tuvo que hacerse más pequeña. En el interior de aquel recorte se construyó una piscina que seguía la misma planta de la anterior, algo más pequeña, que fue revestida con un mortero de cal y fragmentos de cerámicas y ladrillos machacados que aguantaría mejor la humedad y contendría durante más tiempo el agua que serviría en un futuro cercano para cristianar a los neófitos. Para cegar el hueco que quedaba entre estas nuevas paredes y escalones de color rojizo y el recorte de la roca los hombres colocaron un relleno de piedra y cal.piscina bautismal en la basilica visigoda

Las semanas anteriores a la celebración de aquella Pascua fueron frenéticas en cuanto al trabajo. Se trabajaba hasta después de la puesta de sol, e incluso las mujeres de la familia ayudaban en lo que podían. Aquellos edificios eran imponentes. Podían verse desde el camino a Toletum a miles de pasos de distancia. La blancura de su revestimiento reflejaba el sol y casi te obligaba a cerrar los ojos si los mirabas fijamente. Pero su interior impresionaba todavía más, sobre todo el de la iglesia. No se parecía en nada a las iglesias que había visitado en Carthago Noua. La de Eio era mucho más austera, pero también más grande. Sus suelos no tenían mosaicos, ni sus paredes se habían cubierto de pinturas, pero sus dimensiones y la blancura de todos los elementos sobrecogían. Destacaba, por encima de todo, el trabajo de Picto, que había conseguido hacer unos hermosos capiteles y cimacios, y unas placas de cancel que a buen seguro complacerían al obispo. El pavimento de mortero y el revestimiento de las paredes otorgaban al conjunto cierta homogeneidad, incluso para mis ojos, sabedores de que los materiales utilizados eran de origen dispar, muchos reutilizados de antiguas construcciones, y otros fabricados por manos inexpertas como las mías.

Todos estábamos orgullosos del trabajo realizado, sobre todo padre, en cuyo rostro arrugado brotaron algunas lágrimas de emoción la víspera del día en el que el obispo iba a sacralizar la iglesia y tomar posesión del palacio.

Poco recuerdo de aquel domingo, los nervios me atenazaban y tampoco me dejaron participar en los actos ni en la comida que se celebró más tarde. Recuerdo mucho mejor el siguiente. Era domingo de Resurrección y ese día desperté con calentura y un gran dolor en el pecho.

(continuará)

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Pablo Cánovas Guillén es arqueólogo, dedicando buena parte de su vida profesional al proyecto de investigación Tolmo de Minateda, que codirige desde 2004. Ha centrado su investigación en la arqueología altomedieval, la arqueología de la arquitectura o la gestión del patrimonio arqueológico. Hasta 2012 dirigió el Parque Arqueológico Tolmo de Minateda y en la actualidad compagina su actividad investigadora con el trabajo de edición y dirección de un medio de comunicación local: El Objetivo de Hellín.

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