Miércoles, 13 Agosto 2014 08:20

Un lugar para vivir y un lugar para morir

 

por Blanca Gamo Parras

El primer enterramiento que recuerdo en el Tolmo de Minateda apareció en la almazara del costado occidental y pertenece a la Edad del Bronce; en esos días se estaban excavando y documentando las estructuras para poder entender el funcionamiento del complejo industrial, una de las muchas almazaras rupestres del yacimiento, y por cierto, una de las más bonitas.

La sorpresa fue que una de las pequeñas fosas del entorno inmediato al aljibe no estaba vacía, no, aquí se había respetado la tumba de un adolescente que había sido cubierta con cal y tapada, seguramente en el momento de transformación del lugar para convertirlo en una almazara.IMG 5647

Fue el primero, aunque no el único de este periodo que para situarnos en el tiempo se remonta a unos 1500 años antes de nuestra era, es decir hace más de tres mil quinientos años. En la Edad del Bronce el rito funerario es el de inhumación (del latín in humus que significa en la tierra). Enterrado de costado y en posición fetal —con las piernas dobladas contra el cuerpo—, sus allegados añadieron en la tumba un cuenco de cerámica, un pequeño cuchillito o diente de sílex y una piedra, quizás una mano de mortero, es decir un conjunto de utensilios que denominamos ajuar. La tumba estaba dentro del poblado, cerca de los suyos, como es normal en un tiempo en el que no existen espacios diferenciados para los muertos, a veces enterrados incluso debajo de las propias casas. Desgraciadamente poco más sabemos sobre la mentalidad o las creencias de los habitantes de esos tiempos, quizás las piezas del ajuar pudieron haber sido utilizadas en vida por el difunto, o quizás son los instrumentos que le ayudarían en el más allá, quizás la posición fetal es una vuelta a los orígenes…BR1 copia

Andando el tiempo llegaron nuevas gentes con nuevos ritos, los pueblos del sur (fenicios) y en convergencia los del norte (campos de urnas) introdujeron en la Península una nueva forma de perpetuarse y de viajar al más allá, la incineración (in cines o en las cenizas), consistente en la quema del cadáver y el enterramiento de los restos calcinados —pequeños huesos y cenizas—, que recogidos en un contenedor cerámico, eran enterrados a veces con monumentos por encima para prestigiarlos. Hemos avanzado más de un milenio, estamos en época ibérica y la ciudad (cuyo nombre aun no conocemos) tiene ya un cementerio, una necrópolis  o ciudad de los muertos en la ladera norte, junto al camino de la salida de la urbe. Aunque muy destrozada por las sucesivas ampliaciones de la carretera nacional, se han podido excavar varias tumbas ibéricas que han proporcionada una variada tipología de monumentos funerarios: con túmulos de adobe, escalonados, en hoyo sin coronamiento alguno… e incluso un cenotafio o tumba vacía, erigido en honor de algún fallecido cuyo cuerpo no pudo ser quemado y enterrado. Entre las urnas destinadas a contener los restos del difunto sin duda la más hermosa era un gran vaso pintado (crátera) decorado en un lado con un ciervo pastando y en el opuesto con un ave con alas explayadas acercando su pico a una adormidera. Animales relacionados con el mas allá, con el mundo de ultratumba y el renacer a otra vida (como renace cada año la cornamenta del ciervo); de las adormideras —que enmarcan las escenas —, se extrae el opio provocador del sueño…la muerte.IB3

Sin duda la cultura ibérica, que había unido sus tradiciones con lo asimilado de las fuentes orientales y griegas, desarrolló un intenso universo religioso y ceremonial, como atestiguan las representaciones en pintura y escultura, los monumentos funerarios y también los santuarios.

La necrópolis fue desde este momento un cementerio en uso para las diferentes culturas que siguieron viviendo y muriendo en el Tolmo de Minateda; así, pasado el tiempo, cuando Roma decide incorporar la ciudad a su órbita, cuando pasa a ser municipio o ciudad por derecho (municipium) con el nombre de Ilunum, el viejo cementerio se puebla de nuevas tumbas aunque algo ha cambiado, el paisaje incorpora estelas funerarias que cuentan quienes son los allí enterrados; en algunas  de esas tumbas estuvieron Helena Graeca o Mascutio (cuya lápida se puede ver en el Museo comarcal de Hellín), tumbas de personas cuyas vidas nos son desconocidas pero que ya no son anónimas, sabemos sus nombres, la edad a que murieron, podemos intuir su procedencia e incluso el grupo social a que pertenecieron. Ese modo de organizar los cementerios y de añadir lápidas y monumentos —si el estatus social y la capacidad económica lo permiten—, no nos resulta ajeno pues es otra herencia más que nos dejó el mundo clásico.
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Los rituales funerarios romanos son bien conocidos (descripciones escritas de los funerales de emperadores, imágenes en monedas, pinturas…) y aunque no siempre se cumplían todos los actos, el proceso era el siguiente:

Siempre que era posible los allegados estaban con el moribundo para poder darle un último beso y así retener el alma del difunto que se escapaba por la boca. Tras la muerte, y después de llamarlo por tres veces para comprobar la defunción, la primera obligación era quitarle los anillos (en época tardía esto ya no sucedía y no son extrañas las sepulturas en que los difuntos los portan). A continuación se procedía al lavado y perfumado del cadáver usando ungüentarios de cerámica o vidrio (ya presentes en los rituales ibéricos). Los de vidrio se mantuvieron en época tardía (ampullae), conteniendo santos óleos o agua bendita (no en vano Cristo fue ungido). Seguía el vestido del cadáver con la toga; fíbulas, broches de cinturón si eran de clase acomodada o simplemente envueltos en sudarios. En la boca, bajo la lengua, se colocaba el óbolo de Caronte, una moneda como pago al barquero que ayudaría al difunto a cruzar la laguna Estigia (una costumbre de origen griego) que separaba el mundo de los vivos del de los muertos. La idea era que el fallecido no había terminado de morir y viviría en el otro mundo (el viático cristiano es un trasunto del antiguo rito). Entre las clases acomodadas se acostumbraba a realizar una máscara de cera del rostro del muerto, para luego poder reproducirlo en escultura (imago maiorum). El cadáver se acostaba sobre un lecho con los pies girados hacia la puerta de entrada, rodeado de flores (simbolizando la fragilidad de la vida), antorchas, coronas y pebeteros (para quemar perfumes). Según la clase social se exponían más o menos días (hasta 7 los emperadores y ninguno los pobres). En ese tiempo se recibían las visitas de parientes y allegados. En las puertas de la casa se colocaban ramas de abeto y ciprés como advertencia de la existencia de un muerto. El viaje a la pira funeraria o la tumba se realizaba con un cortejo fúnebre (pompa) que variaba según la riqueza y posición social de la familia, en el cortejo podía haber músicos, bailarines, actores (representando a los antepasados), plañideras, se quemaban perfumes… A veces en la tumba se incluían lucernas para iluminar el camino hacia la otra vida, se adornaban con flores y era una costumbre arraigada celebrar un banquete (ágape funerario) después del funeral y en el aniversario de la muerte.3- Adulto con broche cinturon

Pero Roma también cambio su modo de morir, avanzado el Imperio se volvió a la inhumación coincidiendo con la influencia de las religiones orientales, entre ellas el cristianismo. Las razones para el cambio fueron principalmente ecológicas y económicas (alto costo de la madera destinada a las piras) y de moda (uso de sarcófagos, sobre todo en las clases sociales altas, como en la tradición oriental y etrusca); y ese es el modo en que se ha enterrado desde entonces hasta hoy.

En el Tolmo la necrópolis norte siguió cumpliendo su cometido en tiempos medievales pero desde la cristianización del mundo romano, las necrópolis también se insertaron (de nuevo) en el interior de las ciudades; de este modo en la visigoda Eio(la ciudad del Tolmo en los siglos VI, VII y principios del VIII de nuestra era) aparece un nuevo espacio cementerial en torno a la basílica episcopal e incluso en su interior.

En tiempos visigodos los enterramientos se realizaban en fosas, a veces excavadas en la tierra como en la necrópolis norte, a veces talladas en la roca como en la basílica y el cementerio ad sanctos o del entorno de la iglesia, cubiertas con grandes piedras planas. Los difuntos (salvo casos de fuerza mayor) mantenían siempre la misma posición: boca arriba (decúbito supino), con la cabeza en el oeste mirando hacia el este, para estar preparados para el día de la Resurrección, cuando los difuntos se levantaran de sus tumbas e irán al Señor. Esta simbología se cumple en la iglesia, cuya cabecera (y por tanto el altar) está localizada a oriente, o en el rito del bautismo, se descendía a la piscina bautismal por el occidente (el ocaso, las tinieblas) y una vez ingresados a la fe se ascendía por el este (el renacer, la luz). Probablemente los difuntos se enterraban envueltos en sudarios pues no han aparecido restos de ataúdes, y en algunos casos se han encontrado los pendientes, anillos o broches de cinturón de llevaron. Para estos tiempos el uso de estelas funerarias es excepcional y en la ciudad de Eio hasta el momento no se han registrado; la forma de marcar el enterramiento (y no en todos los casos) es la simple colocación de una piedra en la cabecera; lo mismo ocurre con recipientes (jarras, botellas, ungüentarios con aceites sagrados) que aparecen en tumbas de algunas necrópolis, pero no en las de Eio. A veces las tumbas contuvieron más de un cadáver inhumado al tiempo y también fue habitual la reutilización de las fosas, posiblemente tumbas familiares usadas en distintos momentos.NN IS copia

La conquista islámica modificó sustancialmente los modos de vivir y de morir. Los nuevos señores trajeron una nueva religión y con ella una forma diferente de enterramiento. En Madinat Iyih (nombre islámico de la ciudad) se sigue utilizando el viejo cementerio —maqbara en árabe— de la ladera norte, y en el espacio antaño ocupado por lo monumentos funerarios ibéricos, romanos y por las tumbas visigodas hubo nuevas fosas excavadas en la tierra también orientadas en el eje oeste (cabeza)—este (pies); a diferencia de sus abuelos cristianos (los visigodos de principios de siglos VIII) estos “buenos musulmanes” lo hicieron amortajados sobre el lado derecho (decúbito lateral) con la cara vuelta hacia el sur, mirando en dirección a La Meca, el lugar santo del Islam. Sin ajuares, ni siquiera adornos personales y de nuevo sin de señalización, aunque en otros sitios sí han aparecido cipos funerarios marcando las tumbas.

A fines del Emirato (siglo IX) la ciudad se abandona, las nuevas estrategias del poder ven conveniente reorganizar el territorio y fundar nuevos sitios (como Madina Mursiya  o Murcia) y las viejas ciudades del Pacto (de Tudmir) languidecen y desaparecen cayendo en el olvido durante siglos, ya nadie velará por los muertos y las tumbas serán cubiertas por la tierra o vaciadas por curiosos y buscadores de tesoros.

 

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Blanca Gamo Parras es Licenciada con Grado Geografía e Historia, con la especialidad de Arqueología, por la Universidad Autónoma de Madrid. Su carrera profesional ha estado estrechamente vinculada al proyecto de investigación Tolmo de Minateda, del que forma parte desde 1989 y codirige desde 1989. Es autora de varios libros y numerosas publicaciones, muchas centradas en el estudio de la época altomedieval en el Tolmo de Minateda y otros yacimientos albaceteños. En la actualidad trabaja en el Museo de Albacete, como técnica de Museo.

 

 

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