Miércoles, 27 Agosto 2014 08:20

La casa de Aixa

por Sonia Gutiérrez Lloret. 

 

La casa bostezaba. Aixa ignoró el primer canto del gallo que apenas removió el sueño de los niños amontonados sobre la estera, y fingió no ver la tenue luz que se filtraba por el quicio de la puerta, pero cuando los primeros ruidos matinales llegaron amortiguados desde el patio, supo sin que nadie viniera a decírselo, que la casa había despertado y que ella debía despertar también.

El canto del gallo no marcaba el inicio de la jornada, por más que los hombres lo afirmasen. La verdadera señal, tácita pero indiscutible, era el rítmico golpeteo de la masa de pan en el lebrillo. Esta importante tarea correspondía a la “madre de todas las madres”, la mujer de más edad, posición que todavía detentaba la madre de su padre, Mariam Umm Yusuf, asistida por sus hijas y nueras. Ella era igualmente quien administraba la despensa y tenía la última palabra en cualquier decisión doméstica importante. En cierto modo,  Mariam regía el universo femenino de la familia con una mezcla de autoridad, amor y dulzura que solo ella sabía administrar.  El tenue tintineo de sus ajorcas de plata, las que le regaló el abuelo en su boda y que ella le había prometido a Aixa, despertaba la casa y provocaba que todos, hasta los más remolones, se aprestasen a acometer sus tareas.DSCF1136 copia

La casa era el universo de Aixa desde que tenía uso de razón. La casa era el espacio de la familia, un espacio protector hecho con la materia de los suyos, que eran muchos. En ella habitaban sus abuelos, sus padres, sus tíos y tías, y por supuesto sus hermanos y sus numerosos primos. Todos –hombres, mujeres, niños e incluso animales- compartían  sus muros y se protegían bajo su techo, pero ella sabía que el corazón de la casa latía en femenino. Eran las mujeres de la familia, fuertes como la tierra áspera donde vivían, las que marcaban el pulso de la vida doméstica y las que la mantenían en pie; por eso se referían siempre a la casa, de forma inconsciente, con la palabra femenina dār, en lugar del masculino bayt, por más que ambas significasen igualmente casa.

La misma Mariam disponía los jarros de leche, los higos y las almendras y preparaba el aceite con miel donde los hombres mojaban las tortas de pan ácimo, antes de irse a trabajar las huertas regadas por las aguas del arroyo de Tubarra y la fuente de Madinat Iyyuh, su ciudad, ya por entonces pronunciada en el árabe de aquellas gentes  Madinatia.  Apenas el padre y los tíos salían, la casa se convertía en un reino femenino y plural regido por la enjuta Mariam desde su sitial de honor, una vieja piedra labrada, colocada bajo una higuera en el centro del patio desde donde se dominaba toda la casa.  Esa antigua piedra era, según los viejos del lugar, obra de los antiguos rumíes, romanos o cristianos, que vivieron antes en la ciudad y cuyas abundantes ruinas parecían obras de genios o gigantes, de tan maravillosas que eran, inspirando fabulosas historias contadas en las frías noches de invierno, al amor de la lumbre. Esta en particular la halló enterrada el abuelo Muhammad al excavar los cimientos de la casa, y como tenía una curiosa forma de cesta con hojas talladas, que recordaba a los capiteles de las columnas de la mezquita, no fue empleada en los muros, sino que quedó dispuesta como asiento en el centro del patio. Lo ocupaba su abuela al despuntar el día, dirigiendo las tareas, pero sin permanecer ella misma ociosa, ya que incluso en las  horas de más calor siempre andaba con un huso en la mano hilando sin parar.Imagen9

El patio, un espacio irregular y despejado, rodeado de tapias y habitaciones blanqueadas  de techos bajos de cañizo y tierra, era indudablemente el  verdadero corazón de la casa. De hecho, Aixa siempre pensaba que su casa era un ser vivo que crecía como ella misma y sus hermanos, adaptándose a las necesidades de la familia. No era como las casas de la lejana Mursiya, la capital de la región de Tudmir, donde había viajado la primavera anterior en compañía de su familia para asistir a la boda del primo Abd al-Rahman al-Mursí.
Gutierrez Lloret Ceramica emiral-36Aquellas casas eran compactas y se apiñaban apoyándose entre sí, de forma que crecían en altura incorporando pisos altos y galerías que en ocasiones tapaban incluso las calles, convertidas en oscuros laberintos. Allí los patios estaban enclaustrados y apenas dejaban ver pequeños retazos de cielo estrellado; sólo subiendo a las azoteas era posible contemplar la ciudad entera y el campo con las lejanas montañas más allá de sus muros. Pero, claro, Mursiya era una gran capital, con el  alcázar del gobernador y la mezquita mayor, la aljama más grande y bella de toda la provincia o Cora de Tudmir, a la que pertenecía también su ciudad. Allí vivía mucha más gente: sabios, jueces, alfaquíes, y una multitud de comerciantes y artesanos que llenaba los zocos. En su pequeña ciudad hasta los artesanos tenían tierras y ganados y eran también y sobre todo campesinos. Tampoco era un pueblo, era una ciudad próspera que vivía a la sombra del camino que comunicaba las importantes ciudades del interior de la península con los puertos mediterráneos, como el de la pequeña y próspera Madina al-Laqant, pero no podía compararse con la capital, Mursiya o con la importante Lurqa con su gran mezquita.


molinomano¡Qué diferentes eran las casas murcianas de las de su ciudad! Su casa era amplia y baja, de una única altura, abierta en torno a un amplio y despejado patio irregular, no cuadrado y angosto como los de Murcia. Es cierto que su casa era mucho más humilde que aquellas, ya que sus muros de mampostería y tierra carecían de pinturas,  yeserías y celosías, pero sus paredes se enlucían y blanqueaban todas las primaveras y sus pisos de tierra se barrían y compactaban periódicamente.  Sus suelos rehundidos la hacían calida en invierno y fresca en verano, y sabe Dios que en su tierra el calor estival era intenso, tanto, que al mediodía las gentes se refugiaban en sus casas hasta que caía la tarde.

En torno al patio se disponían las alargadas y estrechas habitaciones yuxtapuestas, sin apenas ventanas (todo lo más algún ventanuco) y con sus puertas abiertas al Sur y al Este. Cada casa tenía un tamaño y una forma diferente pero rara era la que no tenía  cinco o seis habitaciones que se adaptaban a los usos y necesidades de cada familia: en las más amplias se hacía la vida familiar en torno a un hogar situado en una esquina, sirviendo de dormitorios al caer la noche. Las más grandes tenían una pequeña alcoba separada por un tabique o una plataforma, donde se tendían las esteras de los padres por la noche, mientras los más jóvenes dormían en torno al hogar o en las estancias anejas. Ciertas dependencias se usaban como despensas o almacenes de aperos y herramientas, aunque podían servir como dormitorios auxiliares si era necesario; otras, generalmente las situadas al este del patio eran establos y corrales destinados a los animales de la familia (todos tenían algunas cabras y quizá un burro, a más de las gallinas que picoteaban todo el día por el patio), aunque a veces se compartían corrales más amplios entre varias familias.FIG 5.1 y 2  De modulo a casa def copia

Aixa pensaba en su casa como una unidad pero en rigor era mucho más que eso. Su casa reflejaba su familia y era, en realidad, la suma de varias casas anexas que se apiñaban y proliferaban según las necesidades del parentesco.  La suya ocupaba el centro de una manzana que pertenecía a su extensa familia. Su abuelo Muhammad, el esposo de Mariam, había comenzado a construirla sobre unas antiguas ruinas, aprovechando los escombros. Según contaba su abuela, cuando se casó era solo una amplia estancia rectangular, con un hogar junto a la puerta donde se cocinaba y se guardaban los alimentos, mientras que en el otro extremo se dormía. Tampoco hacía falta más puesto que buena parte de la vida se hacía fuera, delante de la casa, al aire libre. Conforme la familia creció y llegaron los hijos e hijas (de los que sobrevivieron dos varones, su padre Yusuf, el primogénito, y su tío Alí, a más de dos hijas, Fátima y la joven Nur, apenas unos años mayor que Aixa), la casa se quedó pequeña y se le fueron añadiendo nuevas habitaciones. Al oeste del patio se construyó una nueva estancia con su hogar para alojar a sus padres cuando se casaron, mientras que los tíos y tías de Aixa fueron ocupando las estancias que el abuelo añadió conforme la familia prosperaba, llegando incluso a construir un establo para el pequeño burro del que Aixa se enorgullecía.

Hacía poco que se había acometido la última reforma: el patio se cerró con tapias para guarecer bienes y animales y se dividió la gran habitación original creando una alcoba. El reciente matrimonio del tío Ali obligó a acondicionar la casa ya que, como era costumbre, trajo a su esposa a vivir con la familia. Alí y Sakina, su nueva tía, ocuparon la habitación que antes fuera de los padres de Aixa, quienes en atención a su primogenitura pasaron a ocupar la gran estancia de los abuelos, dejándoles a ellos la alcoba interior como muestra de respeto. Aixa y sus hermanos pequeños,  junto con su tía Nur aún soltera, dormían en las habitaciones anexas, entre los cacharros, las jarras de aceite y las tinajas de grano, sobre esteras y colchones que se tendían de noche.55047 b

Su tía Fátima, la hermana mayor de su padre, se había casado con el primo Ibrahim, hijo del hermano de su abuelo, y ambos vivían en la casa colindante, con el resto de su familia paterna, de la misma forma que la casa situada al norte, que compartía entrada con la suya propia, vivían los hermanos de su madre con sus respectivas familias. Las casas de sus tíos eran muy parecidas a la suya y casi podría decirse que todas formaban una amplia casa familiar, de la que Aixa se sentía parte. Tal era la intensidad de las relaciones, que en la casa de su tía Fátima habían transformado una pequeña habitación en una cocina común con dos fogones, donde las mujeres de la familia preparaban las comidas de las celebraciones que congregaban a la extensa parentela.

(continuará)

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Sonia Gutiérrez Lloret es catedrática de Arqueología  en la Universidad de Alicante y miembro del Instituto de Estudios Albacetenses. Participa en las excavaciones de El Tolmo de Minateda desde 1988 y las codirige desde 1990.  Sus principales líneas de investigación se centran en el poblamiento, la edilicia y la cultura material altomedieval e islámica, así como en el proceso de islamización y la formación del temprano al-Andalus. Tiene publicados numerosos libros y artículos en medios especializados, entre los que destacan sus estudios arqueológicos sobre La Cora de Tudmir y sus reflexiones sobre la arqueología medieval y postmedieval. Participa habitualmente en reuniones científicas, exposiciones y seminarios. Ha dirigido diversos proyectos de investigación centrados preferentemente en la Antigüedad Tardía, al-Andalus y el medievo, entre los que destacan las excavaciones y puesta en valor del Parque Arqueológico del Tolmo de Minateda de la JCCM  y del yacimiento medieval de El Castellar de Elche con el MARQ, la participación en el proyecto Tusculum de la EEHA de Roma y en el estudio de los Pecios Sarracenos de Provenza con el L’Inrap. En la actualidad dirige un proyecto de investigación sobre  Espacios domésticos y vida social de la antigüedad al Medievo del MINECO.

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