Jueves, 08 Enero 2015 08:42

Asalto a la Cabalgata

Llevo un par de años asistiendo al punto de inicio de las Cabalgatas tanto de Feria como de Reyes, obligado por tratar de fotografiar la mayor parte del cortejo con luz natural, y en todas esas citas existe un denominador común.

No hablaré de la organización o del contenido de las mismas. Eso daría para al menos tres tenguerengues completos y seremos benignos por una vez, sino de un hecho que se repite una vez tras otra, que no se soluciona y que tiene difícil arreglo en apariencia.

El pasado lunes, minutos antes de comenzar la Cabalgata, y segundos después de que llegaran las carrozas participantes, una veintena de niños y niñas comenzaron a desmantelar adornos de las mismas, globos de los remolques musicales y a subirse a los mismos con éstos en marcha. Ni la intervención de los voluntarios de Protección Civil, de los técnicos municipales que organizaban el cortejo, o incluso del propio concejal de Fiestas, evitó que durante unos minutos, y hasta que el desfile abandonó las Puertas de Madrid estos gamberros fueran apareciendo a la carrera de forma intermitente para destrozar la de por sí paupérrima comitiva que anunciaba la llegada de los Reyes Magos.

Lo lamentable es que no se trata de un hecho aislado. El año pasado lograron poner en jaque a los responsables de los “coches del Tío Güi”, y en los desfiles inaugurales de la Feria tratan de realizar un autoservicio de caramelos. Pero además de destrozar y molestar, lo más grave es que ponen en peligro su propia integridad, dando la opción a que Hellín salga en las noticias nacionales y no precisamente por la ausencia de la Cabalgata.

Me he pensado mucho escribir estas líneas y no por miedo a represalias o a que se me tache de racista. Quien me conoce sabe que no hay nada más lejos de la realidad. Me ha costado porque no quiero perjudicar a los vecinos de la zona norte de Hellín, porque o se toman medidas o se terminará por cambiar el recorrido de este tipo de actos. Es increíble que el comportamiento de un pequeño grupo de críos pueda obligar a miles de personas a desplazarse a otras zonas para ver las cabalgatas, pero al parecer estos maleducados son intocables, porque si los tocas entonces eres racista.

Cada vez entiendo más el hartazgo de los vecinos del Barrio del Calvario. No dudo que algunos de los vecinos de raza gitana no solo no sean problemáticos sino que también pelean en la medida de sus posibilidades por controlar a estos desalmados. Pero no es una cuestión de razas, es una cuestión de educación.

Yo crecí en un barrio obrero, y el edificio en el que vivíamos estaba rodeado de casas habitadas por gentes de etnia gitana. Mi familia vivió allí más de veinte años y jamás tuvimos el más mínimo problema con ellos. Todos se dedicaban a la venta ambulante e incluso algunos llegaron a abrir pequeños establecimientos en aquellas calles. Hoy todo eso ha desaparecido. La venta de otro tipo de sustancias más provechosas económicamente se ha impuesto sobre la de las camisetas y pantalones, y el barrio ya no es el que era. La falta de trabajo, el empeoramiento de las condiciones económicas en general, o la comodidad de esperar las ayudas gubernamentales que siempre llegan han relegado ese ánimo emprendedor de estas gentes y han derivado en un aumento del absentismo escolar y por ende, de la delincuencia y el vandalismo.

Una situación que ha obligado a muchos de los que fueron mis vecinos, lo que han podido, a abandonar sus casas en los últimos años, y que se podría extrapolar a lo que está ocurriendo en los últimos tiempos en nuestra ciudad.

Se podrán crear comisiones, estudiar los problemas existentes, o aumentar la presencia policial, pero se trata de un problema de difícil solución mientras no se eduque a estos niños. Una educación de valores en la escuela pero que tendrá que ser reforzada en cada casa. Ojalá el estupendo trabajo que ha empezado a realizar el Colegio Entre Culturas en este sentido comience a dar pronto sus frutos, pero me temo que mientras no se toquen los bolsillos no se tomarán medidas desde dentro, igual que las multas me han educado a mí sobre la conveniencia de sacar el ticket de la ORA, por mucho que me parezca un atraco tener que pagar por aparcar en la calle.

Y es que uno cuando reclama derechos como ciudadano tiene que comportarse como tal y no escudarse en el victimismo de pertenecer a una minoría.

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