Lunes, 06 Abril 2015 14:16

Agujetas constructivas

Reconozco que llevo toda la semana cambiando de idea sobre la temática de un tenguerengue de resaca, porque los acontecimientos dan para mucho más que un par de folios, y todavía hoy, no tengo claro por dónde empezar ni mucho menos por dónde seguir.

Mucho ha sucedido en estos días y a buen seguro han surgido temas que tendrán amplio recorrido a lo largo de las próximas semanas y meses, aunque lo deseable es que nos acordemos de ellos en puertas de la Semana Santa de 2016, y lo que ahora criticamos sirva para corregir y no quede en un inútil “y tú más” al que por otro lado tan acostumbrados estamos.

Esta Semana Santa puede ser, pese a lo que pueda parecer en este tiempo de agujetas, muy positiva para el futuro. En cuanto a afluencia y participación, pocos años habrán superado a éste, con lo que eso incide en la maltrecha economía local, pero esto también pone en evidencia la carencia de muchos servicios, muy justos en la normalidad e incapaces de asumir la presencia en las calles de tantos ciudadanos y visitantes.

Una fiesta como la nuestra genera en un día casi la misma cantidad de basura que en todo un mes de registro normal, y eso, por mucho que se refuercen los servicios de limpieza, que tampoco es que se refuercen mucho, implica que en determinadas calles apenas se vea el asfalto y en otras el olor a orines corte la respiración. La solución es complicada si cada uno de nosotros no pone de su parte. Las autoridades deben espabilar, cierto, y no estaría de más probar cosas nuevas, como colocar contenedores especiales y urinarios portátiles en algunos puntos del recorrido de las procesiones, en las bocacalles que muchos aprovechan para quitarse peso de encima, pero tampoco sobraría que además del tambor, la bota, el zurrón, las pegatinas, las chapas, los sombreros y las gambas, los tamborileros colgaran de uno de sus tornillos del tambor una bolsa para ir depositando sus desechos. Muchos ya lo hacen.

Otro de los temas más comentados de la semana ha sido el engalanamiento de calles, plazas y balcones. Con mayor o menor acierto según los casos, y gustando más o menos, hay que reconocer que al menos se ha intentado hacer algo nuevo, y en ese aspecto muchas fotografías no serán un calco de años anteriores. También se intentó cambiar la organización de las procesiones, marcando tiempos de parada, que fueron eternos el Domingo de Ramos y que fueron rectificados en posteriores desfiles, llegando casi a la perfección en la noche de Viernes Santo.

Mucho tendrá que pulir la ACH en este sentido, sobre todo en la Procesión del Silencio, que necesita una profunda transformación sí o sí. Quizás ha llegado el momento de poner en práctica algunas propuestas que se quedaron hace años sobre la mesa para que el Jueves Santo tenga una procesión de diez, sin cortes, ni cofradías subiendo por la calle El Sol como si fuera Lunes Santo por la tarde.

El caos que se vivió por momentos la tarde del Jueves Santo, sin tambores de por medio, desacreditaba cualquier decisión que se pudiera tomar viernes y domingo respecto a los horarios firmados. Y pese a que éstos se incumplieron las procesiones terminaron por su recorrido habitual y en la Parroquia de la Asunción. Los únicos que tuvieron arrestos para tomar una decisión fueron los integrantes de las bandas, esas de las que nunca nos acordamos pero que son una parte importantísima de nuestra Semana Santa. Desconozco si servirá de algo, pero con el inmovilismo nunca se consigue nada.

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Servidor sigue alucinando como puede haber una procesión como la del Santo Entierro con un respeto casi reverencial y otras en las que se ven comportamientos que rozan la charlotada. El Jueves Santo la procesión debería pasar a llamarse la de “las pipas”, puesto que el silencio brilla por su ausencia, y el Domingo de Resurrección algunos comportamientos rozan la desvergüenza. De la exaltación de la alegría a cantarle “la pelusa” a una imagen va un trecho. Son muy pocos los irreverentes, pero son los más ruidosos. Lamentable.IMG-20150402-WA0000

Precisamente fueron muchos de estos irrespetuosos los que silbaron a la Banda de San Antón y a los integrantes de otras bandas que los acompañaron en su regreso a la sede por El Rabal. No entendían que la decisión había sido muy dura y que muchos de ellos eran en realidad los responsables. Silbaban porque este año su particular fiesta no se les alargó con el Desfile, un acto que ellos no ven como una forma tradicional de cerrar la Semana Santa de Hellín, sino como la mejor de las formas de acompañar la última cerveza.

Mención aparte merece el récord del miércoles. Como era de prever, Hellín no tuvo que demostrar que tiene la tamborada más numerosa del mundo, y mucho menos que la tuviera que certificar una empresa que, eso sí, se lo llevó calentito por mandar a una señora que, subida en unos Manolo Blahnik, a buen seguro se tomó algún coctel a nuestra salud.

Para lo que sí sirvió el intento fue para comprobar el enorme aguante de peso que tenía el escenario y para que alguno demostrara de forma pública el gran amor que profesa a los vecinos de Hellín dándose golpes en el pecho. Para eso, y para ver cómo algunas personas sí trabajan para el pueblo. Me quito el sombrero ante Javier Portaña, por su trabajo para conseguir algo, que en mi opinión era bastante absurdo, pero que sin duda tampoco nos perjudica. Pero sobre todo por reconocer los errores y dar la cara. A ver si hacen lo mismo algunos de los que poblaban el escenario y mandaban besos al cielo tan azul del pasado Miércoles Santo.

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