Lunes, 01 Junio 2015 17:06

¡Piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii! (3,1416)

No puedo evitar suspirar cuando pienso en el tema que quiero desarrollar en esta ocasión. Una sensación motivada por la profusión de opiniones que he leído y escuchado en estas últimas horas y que poco tienen que ver con la de servidor. Me dispongo pues a recibir palos y piedras, y seguro que algún que otro silbido mental.

De esos, pero de los ruidosos, es de lo que hablaré hoy, de ese “espectáculo bochornoso” y esa “afrenta contra la españolía” de la que muchos hablan en relación a la pitada al himno de España al inicio de la final de la Copa del Rey de fútbol el pasado sábado.

No es que me parezca una actitud defendible. En realidad me parece una falta de respeto, pero de ahí a considerarlo la mayor desgracia que le ha pasado a nuestro país va un trecho.

Me considero español, y defiendo esa identidad tejida en una telaraña de sentimientos, conocimientos, y, sobre todo, cultura adquirida, no en una bandera o unas notas musicales. Me gusta el fútbol, soy aficionado del FC Barcelona desde que era niño, pero la política y el deporte ni las mezclo ni me gustan que lo hagan. Me da mucha rabia que unos utilicen este tipo de eventos como trampolín electoral y que otros le sigan la corriente, dándoles coba y metiendo en el mismo saco a todos los aficionados. Tanta falta de respeto me parece el que pita el himno que el que me llama “catalán” o “polaco” con cara de asco por ser seguidor de un equipo.

No. No me parece tan grave que se pite el himno. Yo no lo haría, pero es que tampoco se me ocurriría tararearlo entonando el “lolo lolo” tan de moda en los últimos tiempos. ¿Convertir el Himno de España en una canción de trogloditas no es una falta de respeto?

Pero lo que de verdad me indigna es lo ofendidos que se muestran algunos cuando en vista de situaciones más graves miran hacia otro lado, y, sobre todo, que otros preparen con tremenda resolución y premeditación una pitada cuando ni siquiera elevan la voz para protestar otras cosas más injustas.

Pocos abuchean la actitud de mal perder que han tomado unos cuantos tras las elecciones del domingo, curiosamente los que dicen que hablan en nombre de la democracia son los que discuten la decisión en las urnas, insultando y sembrando el miedo y poniendo como ejemplo de la inminente llegada del “fin del mundo” la pitada de “polacos y etarras”.

Menos todavía se abuchea a nuestro insigne presidente del Gobierno, que en lugar de buscar soluciones reales a la corrupción y dejar caer el peso de la ley sobre los malos, se atreve a decir que ha sido el tratamiento de la prensa a estos casos de corrupción uno de los motivos de los malos resultados electorales.

A quien habría que abuchear y de lo que nos deberíamos sentir ofendidos es de los que consienten que cada vez más niños, de los que viven bajo nuestra misma bandera y de los que sabrían tatarear el himno, pasen hambre, de los que se han enriquecido y lo siguen haciendo de forma ilícita, aprovechándose del trabajo de los demás y poniendo después tierra de por medio o declarándose insolventes, de quien encarga cosas y luego no las paga, o de quien promete primero y luego no cumple.

Pero mi mayor abucheo se lo llevan esta semana aquellos que han subido el Impuesto de Bienes Inmuebles con nocturnidad y alevosía, en mi caso casi un 80%, y no han tenido las pelotas de comunicarlo antes de las elecciones, cambiando el periodo de pago no para facilitárselo a los ciudadanos, sino para que el palo a nuestro bolsillo fuera postelectoral. Menudo regalo de despedida. Piiiiiiiiiiii.

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