Miércoles, 12 Agosto 2015 09:02

Ruido

Como cada mañana el gallo del vecino nostálgico y con patio que vive tres casas más arriba se pone a aclararse la voz a eso de las 4:25 a.m. Ese es el comienzo de cada una de las jornadas de mi monótona e intensa vida, sin distinciones entre si ésta es laboral o festiva.

Hoy es sábado, y mientras sigo dando vueltas en la cama tratando de conciliar un sueño que no volverá, un cohete anuncia el alba y me recuerda que se celebra la onomástica de algún titular de cofradía. El sonido metálico de la caña del cohete que siempre cae en el mismo tejadillo, sople el viento en cualquier dirección, junto a los ladridos de mis fieles perros, que tienen alergia a la pólvora y a las campanas, son suficientes para decidir dejar la posición horizontal.

Mientras realizo un primer análisis mental de mi agenda de la jornada, me aseo, y me zampo un frugal desayuno, los de la peña de al lado gastan su primera botella de gasolina en el motor de la hormigonera. Este grupo de entusiastas de la albañilería -más que de la Semana Santa- llevan arreglando su local de reunión, cada sábado, desde 1997, momento en el que pusieron el primer pegote y enchufaron una hormigonera con más horas de vuelo que el “silencioso” parapente que estos momentos se pasea por encima de mi cabeza.

Antes de salir de casa conozco con detalle los nuevos éxitos semanales de cierta radiofórmula, gracias a la bendita costumbre de mi vecina de abajo de limpiar hasta el último recoveco de su vivienda sin dejar de escuchar la aterciopelada voz de Toni Aguilar. Con las llaves en la mano, y a punto de dar el portazo de rigor, escucho el delicado tintineo que producen los anaranjados contenedores de gas butano y que anuncian la presencia semanal de su también anaranjado conductor. Recuerdo la necesidad de cambiar de envase y solicito una botella. En la operación de extracción y desplazamiento podría haber muerto del susto un gatito sordo.

Me dirijo caminando a mi destino, una tienda que cubra mis necesidades de adquisición de unos calzoncillos boxers color beige. En el trayecto vuelvo a desayunar con los gases que se desprenden de una moto presumiblemente sin licencia y evidentemente sin tubo de escape. En la tienda, el volumen de la música hace que la dependienta me ofrezca unos guantes de algodón negros. Le indico por señas que ya tengo una prenda similar y salgo aturdido.

Me levanta el ánimo un pasacalles protagonizado por una banda con sones de procesión, y que presumiblemente se desplaza, formada, hasta el lugar de celebración de la onomástica anunciada previamente con cohetes y campanas. La cortejan coches que pitan y desde los que se escucha reggaetón a todo trapo, haciendo vibrar cristales e implantes de silicona por igual.

Decido entrar a un local a tomarme una cerveza. Además de refrescarme me informo sin querer de la actualidad del corazón gracias a lo elevado del volumen del televisor, en el que aparece una rubia muy mona hablando de Ibiza y sus gentes, y a la intensidad de las conversaciones que me rodean, que intentan sobresalir a lo enunciado por la rubia en decibelios y enjundia de la información.

Calmada la sed decido regresar a casa. La vecina no ha terminado de limpiar, -todavía la radio anuncia en número 13 de la lista-, y los aficionados a la albañilería han colocado una bandera en la terraza, rompiendo varias tejas, han apagado la hormigonera y han invitado a un guitarrista para amenizar los litros de cerveza que han puesto al fresco. La intensidad de los cohetes indica que el santo celebrado acaba de abandonar el templo. Afortunadamente el gallo ahora duerme.

Dormir es lo que me apetece realmente después de engullir un bocata de sardinas, lo máximo a lo que estoy dispuesto a preparar para comer, debido a mi estado de ansiedad. Preparo el orinal y el calor me impele a desechar el pijama. Tarde comercial en mi calle. En menos de tres cuartos de hora hasta tres furgonetas, siempre blancas, discurren bajo mi ventana pregonando sus productos a la venta: patatas del salobral, tapicería de la fina y hasta una corrida de toros. Decido tomar un café y moler en ese momento el grano, por fastidiar.

Menos mal que entre telefilme y reportaje de pádel repetido en Teledeporte pasa pronta la tarde y se acerca la hora de lo mejor que me va a pasar en el día, un festival en ese lugar que llaman anfiteatro y que no pasa de odeón. Por fin música de verdad en Hellín, death metal del bueno, y sin tener que coger el coche. Por fin mis oídos descansarán de RUIDO.

Cuídate de los que sólo ven desorden en el ruido y paz en el silencio.

(Otto von Bismark)

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