Viernes, 27 Septiembre 2013 09:26

Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, ¿para qué?

Este año se ha cumplido el XXII aniversario desde que El Misteri d’Elx fuera proclamado por la UNESCO, la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad (Masterpiece of the Oral and Intangible Heritage of Humanity) en 2.001. El drama musical sacro, que lleva representándose cada 14 y 15 de agosto sin interrupción desde el siglo XV, ostenta el honor de ser la primera muestra de tradición española en obtener un reconocimiento similar y que, luego, derivaría en la actual Lista de Patrimonio Cultural Inmaterial.

En estos últimos años, no paramos de escuchar cómo nuestra Tamborada puede ser erigida a la categoría de Patrimonio Mundial. A algunos, esto les parecerá el colmo de la declaración de interés turístico internacional vivida años atrás; mientras que a otros, aún les sabrá a poco y se cuestionarán que otras distinciones existen más allá de nuestro planeta. Esta disparidad de opiniones, es consecuencia directa de que nadie, más allá de colgarse la medalla al mérito o de aseverar con vehemencia un escueto “porque nosotros lo valemos”, nos ha explicado qué significado y qué repercusiones tiene dicha declaración.

La primera cuestión, lógica, que surge es qué es eso del patrimonio inmaterial. Pues bien, el patrimonio inmaterial o intangible se corresponde con los “usos, representaciones, expresiones, conocimientos y técnicas -junto con los instrumentos, objetos, artefactos y espacios culturales que les son inherentes- que las comunidades, los grupos y en algunos casos los individuos reconozcan como parte integrante de su patrimonio cultural” -artículo 2 de la Convención para la Salvaguarda del Patrimonio Inmaterial, hecha en París en 2.001-. Es decir, el folclore, las tradiciones o, incluso, las costumbres que forman parte de la identidad cultural de una comunidad o de un territorio y que han perdurado en su forma (cuasi) original generación tras generación. El germen de este reconocimiento, aparecido en el siglo XX, lo encontramos en Japón, cuando, en el año 1.950, nombró Tesoros Nacionales Vivientes (Ningen Kokuhō) a quienes poseían ciertos conocimientos, destrezas o técnicas esenciales para la continuidad de las manifestaciones de la cultura tradicional del país. Es indudable que nuestra Tamborada se ajusta a la definición dada por la UNESCO y, por lo tanto, es representativa como “testimonio único o excepcional de una tradición cultural”, uno de los requisitos, de una lista de 10, cuyo cumplimiento exige el Comité del Patrimonio Mundial para su inclusión en la Lista. La decisión final, como ya he adelantado, corresponde a ese Comité, bajo el asesoramiento de otros organismos internacionales -ICOMOS o Consejo Internacional de Monumentos y Sitios, e ICCROM o Centro Internacional para el Estudio de la Preservación y Restauración de los Bienes Culturales, entre otros- y, para nuestro caso en particular, deberá ser tomada entre los meses de noviembre y diciembre de 2.014.

Una vez conocemos la “forma” de la cuestión, analicemos el “fondo”. Las repercusiones prácticas de la declaración de la Tamborada como Patrimonio Mundial son todas y ninguna. Será responsabilidad de toda la comunidad, políticos, gestores, asociaciones y ciudadanos, que dicho reconocimiento adquiera un valor determinado o se quede en mero calificativo. Lejos de perder tiempo y saliva en si éramos más o menos merecedores de dicha mención, es momento de aprovechar la oportunidad. Las razones son sencillas: la primera, la comarca de Campos de Hellín es una zona especialmente castigada por la crisis y, admitámoslo, sin ninguna proyección industrial; y la segunda, la comarca de Campos de Hellín, sin embargo, atesorará dos declaraciones de Patrimonio Mundial -recordemos que las pinturas rupestres de Minateda son de las más importantes de la zona que se ha denominado Arco Mediterráneo y que entraron en la Lista en el año 1.998-, un parque arqueológico aún por descubrir, un casco antiguo declarado conjunto histórico y Bien de Interés Cultural (B.I.C.), dos monumentos más catalogados B.I.C., una semana santa de interés turístico internacional, parajes naturales de singular belleza y hasta un volcán. Creo que son razones más que suficientes para que en nuestra comarca se ponga en marcha un plan transversal de inversión y planificación en gestión del patrimonio que parta de las administraciones, con la local a la cabeza, e implique a todos los agentes socio-económicos. Conocimiento, intervención, protección y difusión. Este es el esquema básico a seguir para la puesta en valor de toda esta riqueza en bruto que nos rodea.

Pau RAUSELL KÖSTER, doctor en economía aplicada por la Universidad de Valencia y especialista en las relaciones entre políticas culturales y desarrollo local, publicaba, hace solo unas semanas, un artículo titulado “Comprender la economía de la cultura como vía para salir de la crisis” (El profesional de la información, 2013, julio-agosto, v. 22, n. 4. ISSN: 1386-6710), del que extraigo un pequeño fragmento, aunque recomiendo su lectura completa: “La cultura es un medicamento de amplio espectro y ahora no sólo sirve para satisfacer nuestros derechos culturales, sino que recientes investigaciones evidencian que el tamaño de los sectores culturales son la variable más determinante (fíjense que no digo: “una variable importante”, sino “la más determinante”) para explicar las diferencias de renta per cápita de las regiones Europeas, y que hay una relación causal bidireccional entre cultura y riqueza. A modo de ilustración, un incremento del 1% en los ocupados en las actividades creativas y culturales, en una región Europea, suponen 1.600 euros de renta per cápita más […]” Ahí lo dejo.

Evidentemente, no soy ajeno a la complejidad estratégica y al esfuerzo económico que supone un planteamiento como el expuesto, pero más descabellado, o a mí me lo supone, es “crear” ciudades enteras de la nada y en este país, extraño país, lo hemos conseguido a golpe de ladrillo. Así pues, reflexionemos sobre la situación que nos ha tocado vivir, busquemos nuestras fortalezas y desarrollémoslas creando un nuevo modelo económico y social que sea sostenible y respetuoso con nuestros orígenes y nuestro entorno y entonces, sólo entonces, tal vez, alcanzaremos ese bienestar del que tanto hemos oído hablar.

 

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