Lunes, 18 Enero 2016 10:06

El ruido de los escombros

Hace unos días nos enterábamos, por casualidad, de que una parte del tejado que cubre el altar mayor del Convento de Franciscanos se había derrumbado; así, de un día para otro, de forma "silenciosa", lo que me trae a la mente aquella pregunta de ¿hace ruido un árbol cuándo cae en medio del bosque y no hay nadie para escucharlo?

Esta pregunta, me atrevería a decir, casi tan antigua como la filosofía, nos cuestiona la existencia del mundo material al margen de la percepción humana. Es evidente que, dependiendo a quién realices la pregunta, la respuesta será una u otra: unos, como John Locke (1.632-1.710) máximo exponente del empirismo europeo, aquella corriente que defiende que el conocimiento humano se adquiere a través de la experiencia, responderían que "sí" puesto que otras veces que se han caído árboles habiendo testigos se ha producido un estruendo; otros, sin embargo, como George Berkeley (1.685-1.753), que defendía que la realidad que nos rodea la crea la mente de cada uno, contestarían con un "no" e incluso dudaría de la existencia del árbol basado en que nunca, ese árbol en concreto, ha sido visto; y, finalmente, algunos, como David Hume (1.711-1.776), para el que la mente humana y las ideas interactúan para formar la realidad, plantearía una respuesta a medio camino entre las anteriores y diría algo así como que efectivamente haría un sonido puesto que la experiencia nos dice que choque entre dos materias desprende una sonoridad, pero que, al no poder percibirse por ningún ser humano no podríamos llamarlo ruido.

Con la cubierta de Franciscanos, pasa algo parecido. No nos ponemos de acuerdo. Hay quienes oyen el estruendo, pero no reconocen el árbol y lo dejan abandonado a su suerte cuando cae; hay quienes, reconociendo el árbol, no saben cómo evitar el ruido ni su caída; y, por último, hay quienes ni ruido, ni árbol, es decir, ni se enteran, ni quieren enterarse de nada.

Lo único cierto de esta paradoja, es que después de casi dos años de polémica la situación lejos de solucionarse ha ido a peor. Y sólo hay dos caminos, el reconocimiento de la realidad y, por tanto, la búsqueda de soluciones conjuntas, o el pasotismo al estilo "casa Salazar" y que el inexorable paso del tiempo nos tome la iniciativa.

El Ayuntamiento, por fin, ha tomado conciencia de cuál es su status quo en el asunto, legítimo en todo caso, pero tiene que seguir avanzando, sobre todo ahora que existe un bloqueo impuesto por parte de la institución eclesiástica: primero, con la declaración administrativa del edificio como bien cultural protegido de primer orden -qué tanto tiempo se lleva reclamando por muchos-; y, segundo, con la creación de una figura jurídica, como bien podría ser una fundación, en torno al edificio, donde podrían estar representados ambas instituciones por igual -incluso algunas otras como la Junta de Comunidades o las cofradías y hermandades-, con la misma capacidad de decisión, y que asumiera la rehabilitación y la posterior gestión del inmueble.

Hasta entonces solo hay escombros. Escombros: la mejor palabra para definir la situación actual del patrimonio en nuestra ciudad.

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