Viernes, 16 Diciembre 2016 16:47

Una de gordos

Hace unos días decidí viajar fuera de nuestras fronteras y acercarme a la capital de la taifa, por aquello de pasear sin que te paren cada cincuenta metros, intentar cenar algo más que magra con tomate y, sobre todo, escuchar aquello de “muchismo” que tanta gracia me hace.

A los pocos minutos de caminar por sus aceras, la capital y sus moradores comenzaron a rechazarme. Al principio no entendía por qué me sentía fuera de lugar y llegué a la conclusión de que mi atuendo no estaba a la altura. Enseguida recordé que allí, para salir a comprar el pan, la gente se engalana como si fuera un Domingo al Rabal, así que decidí, cuanto menos, aprovechar el viaje para tratar de renovar parte de mi armario.

Pronto di con un conocido establecimiento textil -con nombre de ciudad de los Simpson- y me enamoré del estampado de una camisa de leñador de color naranja. Fui directo a la parte baja de la pila de camisas, donde suelen estar las tallas mayores y –¡oh! Sorpresa- había una XXL. Totalmente ilusionado viajo al probador con ella, pero esa ilusión me dura apenas unos segundos, los justos para comprobar que ni siquiera puedo cerrar la mayoría de los botones. Extrañado, compruebo que era la talla esperada y sí, es una doble equis, pero pone “slim fit”, que literalmente traduzco por “pecho delgado” o “pecho pollo”.

Resignado salgo con la que quería ser mi nueva camisa en la mano y un dependiente con “pecho pollo”, al ver asomar unas lágrimas en mis ojos, me pregunta si es que no me sirve. –No, es slim fit –le informo- y medio sonriendo me dice: -Lo siento, no tenemos más talla de ese modelo. Puedes buscar las que sean regular fit.

Más por vergüenza que por ganas me pongo a mirar etiquetas de camisas. De más de un centenar de modelos solo encontré tres “regulares” o, como deberían llamarse, “normales”, una blanca lisa, otra negra de manga corta y una tercera de un color que ni siquiera con una pantonera al lado podría describir.

Salí del establecimiento mirando el suelo, y conforme me alejaba de él se me fueron ocurriendo argumentos para haber sacado los colores al amable dependiente.

Estoy gordo. Y lo digo sin una cartulina negra tapándome los ojos. Un gordo casi feliz o que intenta serlo, y al que no le gustan las camisas que se suele poner su padre. Entiendo que cada marca pueda hacer la ropa y las tallas que le de la gana, pero creo que la mayoría de los fabricantes se está equivocando de estrategia. Cierto es que cada vez parece que hay más tiendas con secciones dedicadas a las tallas grandes, aunque la mayoría de las veces con precios prohibitivos y con diseños que merecerían colgar a sus creadores, pero la cosa se complica cuando uno vive en el purgatorio de los gordos.

Cuando uno está gordo pero no tanto como para vestir una 70 de pantalón o una camiseta de la 5XL, pero lo suficiente como para que una XL no le entre ni por la cabeza, ir a comprar ropa se convierte en toda una aventura. Dependerá de lo mentiroso que sea el fabricante, de lo copiosa que haya sido la comida del día, y de que ningún otro habitante en el purgatorio de los gordos haya pasado minutos antes por la tienda.

A lo mejor me equivoco, pero pocos “pecho pollo” veo yo por la calle en comparación con gordos, y, sobre todo con gente “regular fit”. El problema es que todos esos pechos normales suelen estar encima de barriguillas cerveceras, con lo que los millones de camisas “slim fit” expuestas en las tiendas solo les sientan bien a aquellos que han ido más de tres días al gimnasio.

La cosa se agrava si pensamos en pantalones. Ahora o llevas un skinny jeans o tienes que ir en bermudas. Son geniales los pantalones pitillo de toda la vida que ahora se llaman en inglés, no solo porque convierten tus muslos en una apetecible pata de jamón sino porque te obligan a relacionarte con la vecindad. No hay nada como llegar de fiesta y tener que llamar a tu vecina de abajo para que te ayude a quitarte los pantalones y te arrope en la cama.

Señores diseñadores de moda, coman más morcillas y salgan a la calle. El mundo está dominado por cuerpoescombros, y son ellos los que tienen el poder adquisitivo. Los niñatos que salen en los viceversa esos, además, no se abotonan todos los botones y son por lo tanto pésimos modelos para su ropa.

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